Destino.

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Después de la aparición del ángel de Lucifer, habían hablado sobre ello un poco. Dean terminó la conversación cuando Sam y Bobby comenzaron a interrogarlo sobre ese extraño milisegundo en que el ángel y él se paralizaron, como si hubiesen sentido algo. El rubio negó toda conjetura, objetando que era la imaginación fantasiosa de ellos y que nada había pasado.

Por supuesto que no hablaría de esa cosa con ellos, mucho menos sin saber que era. Optando por recurrir a Uriel, aunque no confiara en el ángel seguramente el sabría más sobre el tema.

- ¿Qué sucede? – Apareció Uriel frente a él.

- Tengo preguntas.

- Sobre Castiel. – Supuso, recibiendo la afirmativa del humano.

- Él me tocó, apenas apoyó su mano sobre mi pecho... - Intento ser lo más concreto posible. – Fue realmente extraña la sensación de eso.

Uriel repasó sus palabras, como un médico analizando los síntomas que su paciente describe.

- Es tu ángel, puede que esa conexión aún no se haya cortado. – Sopesó.

- ¿Conexión? ¿Estamos unido o algo?

- Fueron destinados, como un recipiente. Solo que tú solo eres su misión. – Explicó. – No existen más casos como el tuyo, así que no estoy seguro, pero es posible.

- ¿Quieres decir, que aun cuando Lucifer lo robó, sigue siendo mi ángel?

- Exacto.

- ¿Qué ventajas me da eso? – Interrogó con verdadero entusiasmo, un millón de estrategias se agolpaban en su cabeza.




Castiel volvió a repasar con su índice los surcos en la palma de su mano, como intentando leer algo en ellos. Sentado cómodamente sobre la mesa de madera oscura y relieves, obviamente muy cara, mantenía su mano a cierta altura para que la luz del sol le diera de lleno.

Lucifer entró discutiendo con un demonio. El súbdito agachaba la cabeza a su lado y escribía cosas en su libreta. El arcángel terminó de dar órdenes, echando al demonio. El muchacho prácticamente corrió afuera, cerrando con cuidado las puertas de la sala.

- Hey, ángel. – Saludo, haciendo crujir las vértebras de su cuello, denotando estrés. – Destruir cosas no es tan fácil, ¿Eh?

El menor no respondió, aun ensimismado en sí mismo. Satán elevó una ceja, tratando de comprender que es lo que su sicario hacia mirando su mano como si fuese mágica. Lucifer se acercó, apoyando su mano en la mesa, detrás del morocho, buscando un ángulo similar para ver lo que sea que distraía a Castiel. No había nada en su palma, ni más allá de ella.

- Justo cuando pensaba que no podías llegar a ser más raro. – Dijo Lucifer, llamando la atención del otro finalmente.

- ¿Sabes quién es Dean Winchester? – Interrogó de repente.

Lucifer apartó la silla frente al ángel para sentarse, apoyándose sobre las rodillas del menor para mirarlo.

- ¿Tu misión?

Cas asintió. Lo sabía todo acerca de Dean, porque era su deber saberlo. Había guardado esa información en lo más recóndito de su ser, ya no la necesitaba después de todo. Pero ahora este humano se cruzaba en su camino y no podía ignorarlo.

- ¿Qué pasa con él? – Apresuró Satanás. - ¿Paso algo la otra noche?

- Tocarlo se sintió extraño. – Admitió, abriendo y cerrando su puño, ahora a la altura de su pecho. – Creó que sigue siendo mi misión.

El rubio tomó la mano que al parecer había tocado al maldito Dean, cubriéndola con las suyas. Entonces, la mirada del ángel fue absolutamente suya.

- Tú misión es Sam Winchester. Mis órdenes son las que importan, no las de Daddy Dios. ¿Ok? – Recibió el asentimiento del otro. – Buen chico.

Castiel vio al mayor marcharse, fundiéndose en las sombras de un pasillo a su derecha. La luz del sol había cambiado su posición y ahora le daba en los ojos. La luz se sentía tan cálida como su hogar, o lo que una vez fue su hogar. Ya no era un devotó de su padre y a veces le era difícil recordarlo.

Con un movimiento del índice que antes acariciaba su mano, corrió las cortinas para tapar al sol. Se bajó de la mesa, sacudiéndose la gabardina. Suspiro a la claridad de las velas, caminando hacia donde Lucifer iba, fundiéndose también en las sombras.

El ángel de Lucifer.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora