POV's Aspen Bach
Luego de despedirme de Arte de una manera sutil, entré al que era mi hogar desde que tuve unos 10 años. Acompañado de mi compañero de celda, Izan, no es un mal tipo, desde que ha llegado ha cambiado mi rutina casi sedentaria. No me ha juzgado, ni ha tenido ninguna muestra de terror por estar junto a mí, a pesar de que me reconoció casi al instante, nada más entrar por la celda.
Tuvieron que cachearnos y poner en las bandejas con nuestros nombres todas las pertenencias que llevábamos encima. La señora de recepción, una mujer con algunos kilos de más me preguntó por mi teléfono móvil. Sin más tuve que relatarle una mentira sobre como un hombre me lo robó mientras caminaba hacia mi psiquiatra, el doctor Sar.
Pasamos automáticamente hacia al siguiente módulo, dónde nos quitamos la ropa de la calle para vestirnos el mono naranja de la cárcel con la enumeración de nuestra celda. Lo hacíamos como algo mecánico. Sin hablar, pues esas cámaras contenían micrófonos, a diferencia de las otras que vigilaban el pasillo o las diferentes aulas del recinto.
Nada más salir había un par de policías que se encargaban de sacarnos las tobilleras con GPS y colocarnos a su vez las esposas en las muñecas. Cosa inútil ya que es hora de cenar y van a tener que quitárnoslas posteriormente.
Las celdas con las que nos cruzábamos se encontraban vacías y con las puertas abiertas. Unos ruidos se hacían presentes por todo el pasillo. Nada más abrir la puerta el alboroto era constante, pues la mayoría de personas de la cárcel se encontraba ahí en estos momentos.
Como dije antes, los guardas volvieron a sacarnos las esposas y como todos los días nos advirtieron de que no montáramos jaleo.
Izan y yo caminamos a través de las mesas hasta llegar a la nuestra. Se encontraban ahí el resto de personas que no despreciaba su presencia, pero ni siquiera me he interesado en aprenderme sus nombres; entre ellos se encuentra un anciano y su hijo, ambos han sido encarcelados por obligar a mujeres a ejercer la prostitución. Seguimos con un hombre de unos 30 años, matar al amante de su mujer. Un adolescente de 18 años, por terrorismo. Otro chico de 19 años por secuestrar, torturar y asesinar al hijo de su vecino. Por último, sin contarme a mí, Izan, 20 años, encarcelado por tráfico de drogas además de no ser su primera vez en la cárcel, ya que hace un par de años fue cómplice del asesinato de un hombre.
Pasando por el mostrador, arrastrando las bandejas cargadas con los platos. Cada persona nos echaba un potaje asqueroso diferente.
No comprendo como esta gente puede meterse en la boca algo que haría vomitar a un rata.
Nada más sentarnos en la mesa Izan entablaba conversaciones alternas con ellos, yo sin embargo me mantenía en puro silencio mientras removía los componentes de mi plato mientras me mentalizaba de tener que meterme eso en la boca.
El brócoli es lo único que parece tener buena pinta, pero me recuerdan a los ojos de Arte, un color demasiado intenso pero oscuro al mismo tiempo.
Una chica demasiado inteligente al igual que inocente. Me veo en sus ojos cuando tenía 6 años; una persona calculadora, lo tiene a todos bien estudiados y no se le escapa ningún detalle de nada. No tiene reacciones emocionales ante nada, ni siquiera cuando la toqué frente al espejo. Ningún punto emocional activo. Podría ver a una persona comiéndose a otra que lo único que le importaría sería en que está ensuciando el suelo.
Por lo visto en su casa, la madre intenta algún acercamiento hacia ella, sin respuestas aparentes. Eso hace plantearme que el problemático es su padre biológico. El cual nunca conoció, aunque sí tiene una idealización de él en su cabeza. Si por casualidad se encontrara en la tesitura de conocer a su padre verdadero, probablemente lo ignoraría.
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PINTURAS ROJAS
Mystery / ThrillerFui la niña más feliz, hasta que me di cuenta de que toda mi infancia era una mentira. Mamá finge ser feliz, pero hay algo que no quiere confesar y eso... No me importa. Siempre he estado en mi mundo, me han dado igual los estudios e incluso mi futu...