Capítulo 27

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El cansancio me había vencido y la frescura que caía por todo mi rostro me provocaba demasiada paz. La calle estaba totalmente desierta, solo se sentían dos respiraciones; la mía y la del animal indefenso que se quedó durmiendo a mi lado.

Mis extremidades estaban totalmente empapadas, pero no me resultaba molesto, pues, era la primera vez en días que mi piel sentía la humedad del tiempo. 

Una sobra entró en mismo recinto que yo, atravesando los columpios y las atracciones, cargaba en la espalda una mochila y un abrigo negro; su cuerpo estaba cubierto por un enorme paraguas de un color oscuro. 

Acabó delante de mí, deteniéndose justo a unos pasos de mis piernas. Desde ese momento las gotas ya no caían en mi cabeza, sino que eran detenidas por la tela impermeable del paraguas. 

— ¿Qué mierda haces ahí?- que mal hablada es esta persona. 

Elevé sutilmente mi cabeza para observar a la persona con la cual había hecho un trato y que aparentemente ha cumplido hasta este momento. 

No cargaba encima ninguna de las ropas de allí dentro, a pesar de que su atuendo seguía manteniendo los tonos oscuros, me llamaba la atención lo increíblemente normal que me resulta su apariencia. Por último analicé todo so rostro, la primera vez que lo veía sin una tela ocultándola. 

Su cara no salía fuera de lo normal, con ello me refiero a que si me lo llegara a cruzar por la calle no me pararía a pensar que tiene un pasado oculto, sino todo lo contrario; pensaría que tendría problemas comunes de un adolescente de dieciocho años. 

Colocó su mano a mi frente esperando a que la aceptara como nada. Dudé si hacerlo, pero, pensándolo mejor podría aprovechar esta situación para que tornara a mi favor. 

***

Abrió la puerta de su apartamento, dejando de ese modo que yo fuera la primera en entrar en él. Cargaba en mis manso el gato que seguía durmiendo ahora en mis brazos. El pasamontañas estaba puesto bajo su patas y cubría todo su cuerpo, menos su cabeza. 

— ¿Por qué has cogido a un gato callejero?- me preguntó cerrando la puerta a nuestras espaldas.

— Todo animal merece un hogar en el que pueda pasar su vida.- respondí con simpleza.— Se encontraba desamparado, en medio de la lluvia. Los gatos odian el agua. 

— Va a resultar que tienes más corazón del que pensaba.- dejó el abrigo empapado en un perchero de madera detrás de la puerta y metió el paraguas muy mojado en un recipiente de plástico enorme en el que se encontraban tres paraguas restantes. 

El chico enmascarado, se metió a una habitación en el que solo dejaba la vista de una mesa con tres platos perfectamente colocados. Unos pasos apresurados vinieron en la dirección en la que me encontraba. 

Una niña, aproximadamente de seis años, vino corriendo con el grito de 'Lucas, por fin volviste, ya tenía...' la frase murió al encontrarme en medio de la entrada. 

Así que el nombre de el chico enmascarado es Lucas. Interesante.

— Hola. ¿Has visto a mi hermano?- señalé en dirección por la cual se había ido. Su sonrisa volvió a postrarse en su cara y siguió la dirección que le mostré.

Detrás de ella apareció un hombre alto y corpulento frotando las manos en un trozo de tela de color blanco. 

¿Por qué todos tienen la misma reacción al verme? 

El animal que llevaba en mis brazos empezó a hacer ruidos y le acaricié la cabeza, que se encontraba un tanto mojada, al igual que mi cuerpo.

— ¡Lucas, no nos dijiste que ibas a traer una chica!- gritó esa persona, me tendió su mano, tras pensarlo, al instante la acepté agarrando solo con un brazo al gato.— Estás empapada.

PINTURAS ROJASDonde viven las historias. Descúbrelo ahora