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Min Yoongi no desistía, no se rendía.
Esa fue la principal razón por la que se negó a dar marcha atrás cuando las noticias del ataque al campamento de la resistencia llegaron hasta ellos; se resistió a la mirada penetrante de Taehyung mientras su mejor amigo daba media vuelta y se perdía entre los caminos del bosque, dispuesto a hacer lo que tuviese que hacer para ayudar. No retrocedió con los demás y no dejó de aguardar ni un solo segundo a la espera de Jungkook o Jimin.
Sabía que Taehyung se había marchado con el corazón en la mano, esperando que no fuese nunca demasiado tarde para regresar a Jungkook, pero Yoongi no podía vivir de esa forma. Yoongi no podía aplazar algo que ya era demasiado doloroso. Su mejor amigo podía tener la confianza de que volvería a Jungkook, de que sus brazos lo alcanzarían en algún lugar del enredado camino del tiempo y entonces todo habría valido la pena.
Pero Yoongi no tenía eso.
No tenía más que la absoluta certeza de necesitar verlo, de necesitar tomarlo entre sus brazos y ofrecerle algo distinto, algo que sabía que al final no podía darle, pero que valía la pena intentarlo. Valía cada lágrima, cada gota de sangre y sudor que pudiese derramar. Si, Min Yoongi no se rendía, no cuando había llegado hasta ahí por Park Jimin.
Habían sido poco más de dos años de investigación, de buscar pistas en falso y de llenarse de ilusiones que terminaban por esfumarse en el aire cuando más cerca parecían llegar. Habían sido dos años de lágrimas, de esperas interminables y de preguntas, de preguntas dolorosas y sangrantes que habían rasguñados sus corazones con cada segundo que les era arrebatado al lado de Jungkook y Jimin.
Taehyung nunca había desistido, nunca había dado ni la más mínima muestra de cansancio desde el momento en que recuperó la memoria y fue por él, por su persistencia y determinación en hallar otro punto de entrada, que Yoongi aprendió a no rendirse. Aprendió a aferrarse a la idea de regresar y ofrecerle algo mejor, siquiera un poco, a Jimin. Un futuro distinto a la vida solitaria, al confinamiento en una tierra que tanto dolor le había causado y a una muerte ajena a la coreana.
Encontrar una nueva puerta no fue fácil, requirió de mucho más que sólo cruzar los dedos y esperar. Probaron cientos de veces, cientos de horas, cientos de lugares distintos. ¿Alguien podía siquiera pedirles que no lo hicieran? ¿Qué no intentaran? Yoongi ni siquiera podría encontrar una respuesta adecuada para decir en voz alta sobre por qué nunca desistieron. ¿Era culpa, era esperanza? ¿Se trataba de amor?
Lo único que supo al final del camino, es que no iba a irse de ese lugar sin Park Jimin.
No después de remover cielo y tierra para volver a él.
Se acuclilló entonces tras la entrada al sendero, su mano sobre el arma amarrada a su cintura mientras sus perspicaces ojos iban de un lado al otro, fijándose con todo el detalle que le fuese posible en los soldados japoneses que se movían en su campo de visión: riendo, dándose palmadas en la espalda como aliento para lo que harían, cargando las armas, escondiendo cuchillos entre sus ropas.