II. Valentina

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Hoy por fin regresé a mi país natal.

Cuando murió mi mamá hace dos años, decidí alejarme de todo lo que me recordara sus últimos momentos, eso incluía México.

Desde pequeña fui una niña muy inquieta, pasé por psicólogos y terapeutas, hasta que se dieron cuenta de que mi supuesto trastorno de hiperactividad, en realidad escondía a una niña con un coeficiente intelectual por arriba del promedio.
Para mis padres era un motivo de orgullo, en cambio para mí, solo significó poder acabar la prepa en un año y entrar antes a la escuela de medicina.

Desafortunadamente, cuando estaba en el tercer año de la carrera, mi padre falleció por complicaciones secundarias a un infarto al miocardio, dejándonos a mi mamá y a mí solas.

A pesar de que su partida fue dura, logré atravesar mi duelo y sobreponerme. Cosa que no sucedió con mi mamá.

A ella, la muerte de mi papá la arrastró a una depresión crónica de la cual nunca salió, y a pesar de todas mis investigaciones y esfuerzos por ayudarla, terminó por quitarse la vida unos meses antes de que yo me recibiera como médico.

La impotencia de no haber podido ayudarla me dominó por algún tiempo, hasta que decidí que si bien no le había podido ayudar a ella. Quizás había gente a la que si. Así que junté mis cosas y me inscribí a médicos sin fronteras.

Viajé mucho, desde los barrios bajos de Venezuela y Brasil, hasta Siria y países de Africa central. En Zambia conocí a Luisa, mi amiga y compañera de aventuras.

La primera vez que la vi, fue ayudando a un niño que tenía una herida profunda y complicada en un brazo. La admiré desde el principio, la facilidad con la que hacía su trabajo con tan pocos recursos era admirable y aunque al principio me sentí atraída por ella; en medio de tanta desgracia y gente por ayudar, nunca tuvimos tiempo para intentar profundizar en la relación.

Después de un tiempo, formamos un muy buen equipo. Ella es especialista en anestesia y yo... pues yo quiero creer que soy una buena médico general.

Prestamos nuestros servicios médicos un año en una comunidad de aquel país y luego Luisa me propuso regresar a México a hacer una especialidad.

Después de que mi amiga me convenciera de que estaba desperdiciando mi talento. Presenté los exámenes a distancia y fui aceptada en una de las mejores escuelas de la Ciudad de México.

¿Mi pasión? Las neurociencias; el cerebro humano es una maquinaria perfecta y delicada, capaz de hacerte sentir el más grande de los placeres, o la tristeza más profunda en cuestión de segundos, algo así como lo que le sucedió a mi mamá.

Cuando llegó el correo con la carta de aceptación, festejé con Luisa y las personas de la comunidad. Me llenaron de regalos a su modo, incluso permití que me hicieran un tatuaje en las costillas, para ellos era un símbolo de pertenencia al grupo y yo los adoraba, no me podía quejar.

Evidentemente después de que mi piel quedara marcada con aquella tinta, tuve que aguantar a Luisa dándome una charla del peligro y las complicaciones a la salud que implicaba ese tatuaje. Como si yo no lo supiera ya.

Días después, mi amiga y yo, hicimos las maletas para venir a México.

Al llegar a la casa que algún día compartí con mis padres y que ahora compartiría con Luisa. Me sentí extraña. Todo seguía igual pero se sentía ajeno, Chivis, mi nana, se encargó de mantener la casa en orden. Con el dinero que me dejaron mis padres y lo poco que yo llegué a ganar, me alcanzaba para poder pagarle un sueldo.

En cuanto me vio llegar, prácticamente se me lanzó encima y me llenó de besos y elogios. También estuvo regañándome como media hora, porque según ella, me había descuidado y estaba muy delgada. Sobra decir que la cena ese día fue como para diez personas en lugar de tres.

Al día siguiente Luisa me vio tan abrumada que me propuso re-decorar el lugar. Fue complicado al principio, pero una vez que colgamos y distribuimos todas las cosas que habíamos traído de Zambia y demás lugares que visitamos cuando estuvimos fuera. La casa se sentía como una extensión de toda la gente que habíamos ayudado en el camino y que nos habían agradecido con regalos que ahora adornaban nuestro hogar.

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