XII.

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Juliana

Después de convencer a la directora de la casa hogar para que hablara con los niños sobre llamar a Andrés como a él más le acomodaba. Valentina y yo salimos del lugar.

La castaña me guió hacia un mustang azul descapotable, ya lo había visto en el convento, pero no sabía que era de ella.

Juliana...te presento a mi bebé. — dijo abriéndome la puerta. Me senté y admiré los interiores de piel, el tablero y el caballo pequeño que adornaba el volante. Estaba perfectamente conservado.

Está increíble doctora y en perfectas condiciones.

La castaña enderezó los hombros orgullosa, se subió al auto de un salto ágil  y se abrochó el cinturón.

— Juliana... llámeme Valentina, por favor. No me gusta que me llamen doctora afuera del dispensario o el hospital.

Asentí.

Está bien... Valentina, ¿puede llevarme al convento ahora? ¿por favor? Ya es tarde.

No. — Dijo arrancando el coche — O por lo menos no todavía. Hoy abrieron la feria y pienso llevarla.

Me sentí nerviosa e ilusionada por salir con ella, pero en el fondo sabía que no podía.

No puede estar hablando en serio, tengo compromisos, aparte a usted no parecían gustarle mucho las alturas.

— En ese caso podemos hacer un trato, yo la llevo al convento, si usted me dice por qué me dijo que "comprendía lo que era estar sola".

Me tensé, solo tres personas sabían mi historia completa y no quería que Valentina me juzgara o pensara mal.

No me gusta hablar de eso. — Hablé con firmeza.

Perfecto...entonces vamos a la feria. — siguió manejando.

— Valentina... en verdad no puedo.

Me miró y después regresó su vista al camino, unos segundos después aparcó en la lateral.

Juliana... ¿no extraña tener un poco de libertad?

Negué con la cabeza.

No... no se puede extrañar lo que nunca se ha tenido.

La castaña me miró como si no comprendiera.

¿Puedo pedirle algo Juliana? — Asentí

Quítese eso — señaló el velo.

¿Está loca? No puedo hacer eso, va en contra de las normas.

— Juliana por favor, aún eres novicia, cuando hagas tus votos no vas a poder romper las reglas, aprovecha ahora, quítatelo... anda.
Se mordió los labios y me miró suplicante con sus ojos azules.

Bufé y me llevé las manos a la cabeza. Quité los pasadores y deslicé el velo dejando caer mi cabello negro en ondas sobre mis hombros.

Valentina me miraba con los ojos bien abiertos, como si no quisiera perderse ningún detalle.

Increíble... perdona lo que voy a decirte Juliana, pero eres una mujer hermosa.

Acomodó uno de mis cabellos sueltos detrás de mi hombro y sentí un calor extenderse por mis mejillas hacia toda mi cara. Nunca nadie me había dicho nada así y viniendo de ella, me avergonzaba aún más.

Volteé la cabeza para que no se diera cuenta del rubor que cubría mi cara, pero fue inútil, por que me sostuvo del mentón y me obligó a mirarla. Sus ojos se veían tranquilos y sinceros.

Give me Strength Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora