—Muy bien señoritas, ¿alguien me extrañó? —dijo el alemán a sus otros tres compañeros de fuga que lo esperaban en el pasillo.
—¡Hans! —dijeron al unísono.
Anthony Sabino fue el primero y el único en correr hasta el alemán para estrecharlo entre sus brazos con fuerza.
—Tranquilo amigo —dijo el extranjero—, no es el momento.
—No puede ser —musitó Pete El Loco—. ¿Esto quiere decir que todos pasamos la prueba?
—Sorprendente... pero cierto, es un milagro —dijo Harry Méndez, con ojos rojos, intentando ocultar que había estado llorando—. Debo decir que nos la dejaron fácil. Esto no me gusta, es como la calma antes de la tragedia.
—Dirás de la tormenta —corrigió Pete.
—Sé lo que dije.
—Calma o no, estoy de vuelta —replicó Hans desprendiéndose del agarre asfixiante de Sabino.
—¡¿Puedes recordarme?! —Anthony estaba tan contento que unas sutiles lágrimas le rodaron por la cara—. ¿En serio puedes recordar?
—Mejor que nunca —respondió el alemán—. Tú y yo tenemos cosas de qué hablar.
El rubio empezó progresivamente a enervarse.
—¿Cosas que hablar? ¿Cómo... cuáles?
—Como dije, luego hablamos de eso.
—¿Qué? No puedes dejarme así, cuando alguien dice eso significa problemas.
—Hey ¿Y ahora qué? —preguntó Pete—. Estamos en medio del módulo B sin Nana, ni forma de volver, ni siquiera tenemos una llave.
—En eso te equivocas —replicó Hans con una sonrisa. Fue rápidamente detrás de Anthony y le bajó los pantalones—. Tenemos una salida.
—¡Hans! —se ruborizó el rubio, intentando cubrirse por pudor—. No hagas eso. ¿Qué te traes?
—¿Qué estamos viendo exactamente; aparte de los pañales de Anthony? —preguntó Pete.
—Esto —Hans deslizó los dedos entre la espalda baja del rubio y el plástico del pañal, extrayendo una tarjeta roja—. Le pedí a Anthony que guardara esto en su ropa interior acolchada hasta que llegara el momento... perdonen que huela a trasero.
Se la arrojó a Pete, quien la atrapó con una mueca de asco y la contempló mientras la tomaba con el dedo pulgar e índice.
—¿No podías solo pedírmelo para que lo sacara? —preguntó Anthony, aún con rubor en las mejillas al tiempo que se subía los pantalones—. Esto resulta humillante.
—No cuestiones mis métodos —replicó el chico con el marcado acento alemán—. Esta fue la única forma que se me ocurrió para esconder la tarjeta de los otros reclusos y tenerla siempre a la mano.
—A no ser que Anthony la hubiera perdido para cuando la necesitaras —replicó Pete.
—Ja. Si eso hubiera pasado estaríamos jodidos. Sin embargo no es el caso.
—¿Soy el único que se sigue preguntando cómo es posible que Hans vuelva a ser "funcional" así de repente? —dijo Harry.
—No es momento para explicaciones —replicó el alemán—. Digamos que las drogas están abandonando mi cerebro sin causar mucho daño; si nana les ha dado el antídoto también, seguro que pueden sentir los recuerdo volver a sus mentes de golpe, inclusive cosas triviales que creyeron olvidar.
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ENTRE BARROTES
Ficción GeneralHans vive tranquilamente sus días de confinamiento en la celda 006, la celda maldita, según dicen algunos reos. Todos los compañeros de Hans están muertos ahora. La vida es sencilla, hasta que llega a la celda 006 un niño rubio y errático, completam...
