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Almodoba desinfectó con alcohol la herida del cachete de Hans, le puso una bandita y acto seguido le dio unos guantes de lana, con eso sus manos cogerían calor. Mientras se estabilizaba bebía sorbos de su espumoso, cremoso y humeante chocolate; estaba servido en una taza del rey león tamaño grande. Las galletitas de la mesa eran de chocolate, jengibre y vainilla, Hans comió todas las de chocolate y Jengibre, el picante era su favorito.

—Has tardado más de lo que pensaba —comentó la Nana, sentándose cómodamente en una mecedora—, ya para el segundo día te esperaba.

Hans tragó y bebió antes de contestar, también se relamió los labios y tendió la taza vacía al aire, una señal que, entendió Almodoba, indicaba que deseaba una segunda taza de chocolate. No era de sorprende considerando el tiempo que llevaba en confinamiento solitario sin alimentarse.

—¿Cuanto tiempo estuve metido ahí?

—Casi los tres días. Por poco y no lo logras. Unas horas más de esperaba y hubieras perdido irremediablemente. 

—Cosa buena haberme dado cuenta del ducto de ventilación —mencionó Hans—, no me lo dejaste fácil.

—¿No? Creí que era obvio. Ya van dos veces que te metes por ahí. Una tercera se me hacía evidente.

—No tanto, considerando que no tenía forma de llegar tan alto —le recordó Hans.

—Si estás aquí es porque forma sí que la había ¡ju, ju!

—Casi me rompo la crisma allí adentro —le recriminó el alemán.

—¿En lo mental o en lo físico? Tengo entendido que el aislamiento y la privación de alimento puede llegar a ser difícil cuando el cuerpo humano se acostumbra a comer rico todos los días. 

—No te equivocas —concordó Hans llevándose de nuevo la taza llena de chocolate a los labios y dando un rico sorbo. Un bigotito se le marcó en el labio superior, el chocolate ya estaba casi tibio—. ¿Era necesario el frío por las noches? Casi no salvo con vida. 

—Tómalo como una pista, una señal. Ufú. ¿Te ayudó a descifrarlo? 

—No era un misterio del calibre del código Da Vinci, ya te lo digo yo. 

—Y sin encargo, casi no estás aquí para contarlo —le recordó ella.

—Tampoco soy Robert Langdon.

—En eso concordamos; eres Hans MackoFill y tienes mucha suerte. Ufú.

—O muy mala, depende de como se vea. 

El alemán cruzó las piernas y respiró el cálido ambiente de la habitación. Acogedor sería la palabra perfecta para describirlo. Cerró los ojos y escuchó la pieza musical que sonaba de fondo gracias a un antiguo tocadiscos; estaba sonando Padam Padam, de Edith Piaf.

—Es oportuno que me digas lo que quiero saber —dijo Hans, sintiéndose, para variar, relajado en el peor lugar inimaginable: la propia boca del lobo. Pero ¿cómo sentir miedo ahora si acaba de salir del infierno? Y estaba completamente seguro que el lobo no le lastimaría, no esta vez—. ¿Qué o quién eres tú? La intriga me mata.

—Te lo contaré, ufú, pero debes saber que desapruebo que le cuentes a todos los demás lo sabrás hoy. No estoy de humor para suportar histeria colectiva, prefiero que tengáis la sutil impresión que soy peligrosa en lugar de la certeza. 

—No creas que el disfraz engaña mucho —le dijo él—. La piel de oveja aún deja al descubierto tus dientes de lobo feroz... De hecho ¿Por qué no cuentas esa historia mañana? Una historia de lobos.

ENTRE BARROTESDonde viven las historias. Descúbrelo ahora