Todos conocemos a Heidi, la niña de los Alpes. Pero la infancia quedó atrás y con ella la ingenuidad. Ahora, adolescente, se enfrenta a cambios, responsabilidades y experiencias que la obligan a crecer. Entre la montaña y la ciudad, entre el pasado...
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(Ventana, casa de Dörfli)
Explorar (parte 1)
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El parecido era simplemente extraordinario.
—Mírala... qué hermosa. Qué fuerte y bella era —exclamó la tía Brígida, inclinándose sobre la fotografía con la delicadeza de quien sostiene un tesoro frágil. Sus dedos, nudosos por los años, temblaban apenas, pero aún así acariciaban el borde amarillento de la imagen como si así pudiera tocar a la persona retratada.
—¿Fuerte? —preguntó Heidi, sin apartar los ojos de la foto.
—Por supuesto. Tu madre fue la persona más fuerte que conocí. Y el parecido que tienes con ella es increíble, Heidi.
Un silencio espeso, casi reverente, cubrió la sala. La luz que entraba por la ventana se filtraba entre las cortinas, dibujando un haz dorado sobre la mesa donde reposaba la foto, como si la misma tarde quisiera rendirle homenaje.
—Claro que también te pareces mucho a tu padre —añadió la tía Brígida—, pero con tu madre... es... vaya —suspiró, y en ese suspiro había añoranza, pero también orgullo.
Y era cierto. Ambas compartían el cabello negro y liso, la piel tan blanca como la nieve recién caída, los ojos grandes y redondos, con un brillo que parecía contener historias sin contar. En la foto, el ceño de su madre estaba ligeramente fruncido, quizás por la incomodidad del flash de aquella cámara antigua. Todo estaba en blanco y negro, pero la memoria de Brígida coloreaba cada detalle.
—Recuerdo ese vestido que llevaba ahí —dijo con una sonrisa suave.
Heidi giró la cabeza hacia su tía, como si temiera perderse cualquier palabra que saliera de su boca. Todo en ese momento le sonaba a joya recién desenterrada.
—Era celeste, ¿cómo olvidarlo? Amaba ese vestido —rió con cariño—. Yo ayudé a escogerlo, claro. Se pasó horas enteras frente al espejo, tratando de encontrar la manera perfecta de arreglarse para esa fotografía. Era muy perfeccionista... hasta con el lazo del cabello.
—Ja... me recuerda a alguien —murmuró Pedro, apoyando los brazos sobre la mesa y mirando también la imagen, en clara alusión a la meticulosidad de Heidi en su primera cita.
Pero ella no reaccionó. Estaba sumida en la foto, en esa mirada congelada de su madre que parecía atravesar el tiempo para posarse sobre ella. No sabía si lo que sentía era tristeza, felicidad o un peso extraño en el pecho. En realidad, lo que la incomodaba no era la fotografía en sí, sino ese humor cambiante que arrastraba desde hacía días, y un dolor de cabeza que parecía haber echado raíces.
Se llevó una mano a la sien, masajeando suavemente. La foto quedó a un lado, y su atención se desplazó hacia la caja que permanecía cerrada sobre la mesa. Sabía que dentro había más recuerdos... quizá cartas, algún objeto personal. No la había abierto aún. Quizá porque, al hacerlo, el recorrido por el pasado de su madre llegaría a su fin, y ella no estaba lista para que se acabara.