Todos conocemos a Heidi, la niña de los Alpes. Pero la infancia quedó atrás y con ella la ingenuidad. Ahora, adolescente, se enfrenta a cambios, responsabilidades y experiencias que la obligan a crecer. Entre la montaña y la ciudad, entre el pasado...
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(Lago congelado, Suiza)
Perfección
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—¿Ya estás lista? —la voz de Pedro sonó impaciente, amortiguada por la puerta de madera que lo separaba de la habitación de Heidi—. Te estás tardando una eternidad...
—Soy una mujer, Pedro. No sé si te diste cuenta ahora o apenas te estás enterando —replicó Heidi con un tono burlón, mientras se miraba una y otra vez al espejo, intentando domar un mechón rebelde que se empeñaba en escaparse de su peinado. Aquella mañana su cabello parecía tener vida propia.
—¿Pero qué tanto haces ahí? —insistió él, golpeando suavemente la puerta con los nudillos—. ¿Al menos me dejarías pasar?
—¡Claro que no! Necesito privacidad... y lo sabes —contestó ella, girando en círculo como si así pudiera inspeccionar mejor cómo le quedaba el vestido.
—Apúrate o Pepe se irá sin nosotros —advirtió Pedro con un suspiro largo, y se escuchó el crujido de los escalones cuando comenzó a bajar—. ¡En serio, Heidi, no es un baile de gala!
Ella rodó los ojos, aunque no pudo evitar sonreír por lo bajo.
El amigo de Pedro, Pepe, dueño de todas las canoas de Dörfli, los esperaba en el lago desde hacía casi una hora. Heidi, sin embargo, no lograba dejar de arreglarse: Pedro le había prometido llevarla a "un lugar muy especial" y, aunque no había revelado más detalles, ella intuía que sería su primera cita oficial. No sabía si sería al aire libre, si debería vestirse de forma más formal o si necesitaría llevar algo especial. Al final optó por un vestido cómodo, con pequeños bordados que realzaban su sencillez, y un abrigo ligero. No quería exagerar, pero sí dar lo mejor de sí misma.
En su mente, Pedro ya no la veía como la niña que corría entre cabras y montañas; ahora era "su" Heidi. Y quizá —pensó con un nerviosismo que no quería admitir—, parte de estar en pareja implicaba lucir siempre perfecta.
Cuán equivocada estaba la pequeña Heidi...
—¡Cáscaras, Heidi! Me iré sin ti si no bajas pronto —la voz de Pedro resonó ahora desde la cocina, acompañada del sonido de un mordisco jugoso.
Pedro levantó la vista y la manzana quedó suspendida a medio camino entre su boca y su mano. Durante un instante, ni siquiera pestañeó. Heidi, con las mejillas levemente sonrojadas por el frío del cuarto, se detuvo en el marco de la puerta. Su vestido, sencillo pero delicado, parecía capturar la luz de la mañana.
—¿Eres tú? —murmuró Pedro, acercándose un paso sin apartar la mirada.
Heidi sonrió de lado, divertida por la reacción—. Creo que sí.