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(Mansión Sesemann, Frankfurt)

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(Mansión Sesemann, Frankfurt)





"Año Nuevo"





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Parecía un déjà vu.

¿Por qué no había vuelto desde la última vez que estuvo allí?

La respuesta era simple.

Sabía que si regresaba, jamás podría volver a su hogar en las montañas. Cada piedra, cada sendero, cada olor del bosque le recordaba lo que había dejado atrás, y el peso de la nostalgia era demasiado para una sola persona.

El camino hacia Frankfurt, tan familiar y a la vez tan extraño después de tantos años, se le hizo por momentos desconocido. Las calles que antes parecían pequeñas y acogedoras ahora se extendían ante ella con una amplitud que desconcertaba. La ciudad había cambiado, pero también había cambiado ella. Y eso la inquietaba.

Los recuerdos de cuando tenía ocho años eran fragmentos difusos y nítidos al mismo tiempo: risas que aún podía escuchar, pasos apresurados en pasillos largos, la sensación de una mano cálida que la guiaba. Pero había huecos, vacíos que el tiempo había llenado con experiencias nuevas, con alegrías y penas. Recordaba casi todo, y casi nada a la vez.

Pensar que su fiel amiga podía haber sufrido sin su compañía le provocó un remolino de culpa y remordimiento. ¿Cómo había podido dejarla sola? Esa sensación de egoísmo la envolvía, un peso que llevaba desde niña. Pero ahora, después de tantos años, con aquel "final" feliz que ambas habían vivido, podía permitirse apreciar la caminata tranquila de Clara, como si nada hubiera ocurrido.

—¿Fui demasiado egoísta? —se preguntó a sí misma, y la pregunta resonó en su pecho como un eco silencioso.

El carruaje avanzaba lentamente por una calle que, si bien reconocía, parecía distinta a como la recordaba. Los balcones estaban decorados, las tiendas iluminadas, y la nieve cubría todo con un manto blanco que reflejaba la luz del sol pálido de invierno. Todo era familiar y extraño al mismo tiempo.

El nudo en su garganta comenzó a formarse, y con él, una pequeña angustia que intentaba controlar. Tosió un par de veces, intentando despejarla, sin permitir que nadie percibiera el temblor de su voz ni el peso que sentía en el pecho. No habría lágrimas aquí, no todavía. Los años habían pasado, y esos tiempos ya no podrían revivirse.

Pero los ojos le ardían. Y cuando la sensación se volvió insoportable, cubrió su rostro con las manos, tratando de esconderlo de todos.

—O-oye... —una voz suave la hizo levantar la mirada.

Allí estaba él: su castaño, atento como hacía tiempo no lo estaba. Un fugaz destello de preocupación y cariño en sus ojos la atravesó por completo.

Mountain | Heidi&PedroDonde viven las historias. Descúbrelo ahora