Todos conocemos a Heidi, la niña de los Alpes. Pero la infancia quedó atrás y con ella la ingenuidad. Ahora, adolescente, se enfrenta a cambios, responsabilidades y experiencias que la obligan a crecer. Entre la montaña y la ciudad, entre el pasado...
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(Mercado, Dörfli)
Periódico
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Los ojos de Heidi se abrieron lentamente, con el entrecejo fruncido por la luz que se colaba entre las cortinas de la ventana. Un rayo de sol, frío y brillante al mismo tiempo, le acariciaba la cara y la despertaba sin piedad. A su lado, Pedro dormía plácidamente, con el pecho subiendo y bajando al ritmo constante de su respiración, sin preocupaciones, sin prisas. Heidi lo observó un instante, sonriendo con suavidad ante la tranquilidad que irradiaba, y sintió un calor dulce en el pecho. Sin embargo, un pensamiento la sacudió: ella misma debería estar preocupada. Había pasado la noche en la casa de Pedro, y su querido abuelo no tenía la menor idea.
—Oh no... —susurró, con un hilo de ansiedad en la voz, mientras el frío de la mañana se mezclaba con el calor de la cama, haciéndola sentir aún más atrapada entre la comodidad y la necesidad de moverse.
Con cuidado, se levantó de la cama de Pedro, procurando no hacer ruido, aunque el crujido del colchón la recordó que aún estaba allí. Pedro no se movió, profundamente dormido, ajeno a todo. Heidi respiró hondo y comenzó a buscar su calzado y su abrigo, movimientos rápidos pero delicados. Antes de salir de la habitación, lanzó una última mirada a Pedro: dormido, tranquilo, con los labios ligeramente entreabiertos y la piel rozada por la luz del sol. Una sonrisa se dibujó en su rostro mientras pensaba en lo afortunada que era de compartir esos momentos con él. Sin más, cerró la puerta con cuidado y descendió por la escalera, ajustándose el abrigo y frotándose las manos para calentar los dedos entumecidos por el frío invernal.
Al salir por la puerta principal de la cabaña, el aire fresco la golpeó con fuerza. Era un día soleado, casi engañosamente cálido para ser invierno. La nieve brillaba débilmente en los bordes de los caminos y sobre los tejados, pero la tierra húmeda y las hojas secas del bosque cercano le recordaban que aún era invierno. Heidi ajustó su bufanda y se puso en marcha, respirando profundamente, dejando que el aroma del humo de las chimeneas y la madera húmeda la envolvieran mientras caminaba por los senderos del pueblo.
—¡Abuelo! —exclamó, con una mezcla de alivio y preocupación, cuando divisó al viejo sentado en su mecedora, con la pipa entre los dedos y el rostro tranquilo, rodeado por la calma de la mañana.
—Espero que tengas una buena explicación, jovencita —dijo el abuelo con voz firme, frunciendo apenas el ceño, aunque sus ojos brillaban con ese afecto característico que Heidi conocía desde siempre.
Heidi se detuvo en seco. Esperaba un reproche más suave; recordaba cómo días atrás había compartido la noticia de su relación con Pedro y todo había sido recibido con calma, casi con complicidad.
—Lo siento... nos quedamos dormidos —dijo con un hilo de nerviosismo en la voz, jugando con los bordes de su abrigo y evitando la mirada directa del abuelo.