Todos conocemos a Heidi, la niña de los Alpes. Pero la infancia quedó atrás y con ella la ingenuidad. Ahora, adolescente, se enfrenta a cambios, responsabilidades y experiencias que la obligan a crecer. Entre la montaña y la ciudad, entre el pasado...
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(Escuela de Dörfli)
Adiós verano
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Los jóvenes se despidieron de Charlie en la estación, bajo un cielo que parecía debatirse entre el azul claro del verano y las primeras nubes grises del otoño. El aire tenía ese frescor que anuncia el cambio de estación, y las montañas, con sus sombras alargadas, parecían observarlos en silencio.
Charlie, con su sonrisa habitual pero un brillo de melancolía en los ojos, les dio un último abrazo. —Me alegra haberlos conocido —dijo, con sinceridad—. Este verano ha sido uno de los mejores. —Lo mismo digo, amigo —respondió Pedro, dándole una palmada en el hombro. Heidi sonrió, aunque su mente ya estaba lejos de la despedida, atrapada en pensamientos que no quería enfrentar.
Charlie se marchó para empacar sus cosas. Su tren saldría al día siguiente rumbo a Frankfurt. Heidi y Pedro, en cambio, tomaron el camino de regreso a Dörfli, atravesando los senderos estrechos bordeados por praderas ya algo secas.
Heidi iba callada. Su silencio no era de esos que invitan a la paz; era un silencio cargado, incómodo, como una nube baja que no deja ver más allá de unos metros. No quería mirarlo a los ojos. No quería que su hombro rozara con el de él. No quería hablarle... y, sin embargo, no podía evitar escuchar su voz.
—Se pasará rápido este invierno. No estés triste por Clara —comentó Pedro con tono despreocupado.
Si supieras que no es por eso... pensó ella, apretando el paso. —Sí... supongo que sí —respondió, sin entusiasmo.
—Nos mantendremos ocupados y distraídos. En menos de lo que canta un gallo, las vacaciones estarán a la vuelta de la esquina.
Heidi abrió la boca para decir algo, pero él siguió hablando. —Además, no nos daremos ni cuenta de cómo pasa el tiempo.
—No es eso... —empezó ella, pero de nuevo Pedro la interrumpió.
—Creo que deberías relajarte. Clara volverá en cuanto pueda... y traerá regalos, como todos los años.
—¿En serio te importan los regalos? Pero qué... —intentó replicar Heidi, sintiendo que la irritación le subía por el pecho.
—Quién sabe... tal vez traiga una amiga y me la presente —dijo Pedro, jugueteando con su gorro amarillo.
Heidi lo miró como si acabara de hablar en otro idioma. —Ese no es el punto. Lo que pasa es que...
—Ya no estaré tan solo e inmaduro como tú dices —añadió, inflando el pecho con aire de orgullo—. Y Clara también podría...
—¡Ya basta! —la voz de Heidi estalló, rompiendo el murmullo de los insectos del campo—. ¡No todo se trata de ella y de ti!
Pedro se detuvo, sorprendido, y la miró como si buscara entender qué había hecho mal. —Tranquilízate... solo estaba—