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(Caja, pertenencias)

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(Caja, pertenencias)



La caja



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La muchacha se levantó de su asiento con un estremecimiento involuntario al escuchar su nombre pronunciado por aquella voz femenina tan conocida. Giró sobre sí misma y se encontró con los ojos castaños y profundos de Dete.

—Tía... —pronunció con un hilo de voz, y avanzó hacia ella.

Por supuesto, la mujer la recibió con uno de sus abrazos más cálidos, de esos que parecían envolver el alma entera. Había en ellos un calor particular, distinto al de cualquier otra persona. Heidi siempre había sentido que, cuando la tenía cerca, se despertaba en Dete una especie de instinto maternal, y en ella misma, una sensación muy parecida a la de tener una verdadera figura materna.

—Hola, mi pequeña... bueno, no tan pequeña, claro —dijo Dete separándose lo justo para sostenerla por los hombros. Ambas rieron suavemente, compartiendo un instante que parecía anclar el presente en algo más antiguo y familiar.

—¿Cómo estás, tía? —preguntó Heidi con cortesía, aunque la curiosidad le latía en la voz.

—Ahora que estás aquí, de maravillas. —La sonrisa de Dete se extendía de oreja a oreja, dejando ver sus dientes impecablemente blancos. No apartaba la mirada, como si quisiera memorizar cada detalle del rostro de su sobrina—. Qué piel más delicada tienes... y tu cabello, tan oscuro... Me recuerdas tanto a tu madre.

El comentario tomó a Heidi por sorpresa. No había esperado que ese tema surgiera tan pronto; de hecho, había imaginado que tardarían en mencionarlo, que necesitaría buscar la ocasión para sacarlo poco a poco. Sin embargo, que su tía fuera directamente al punto le ahorraba rodeos y respondía, en un solo golpe, a muchas de las preguntas que llevaba anotadas mentalmente: la confirmación del parecido.

—¿Ah... sí? —alcanzó a decir, sintiendo que la palabra salía más baja de lo que pretendía.

Dete la sostuvo con la mirada unos segundos más, antes de sacudir ligeramente la cabeza y sonreír.

—¿Por qué no nos sentamos? El té se enfría y tenemos muchas cosas de qué hablar.

Aquello fue un golpe para la prudencia de Heidi: sabía que ir demasiado directa podía ser descortés, sobre todo con un tema tan delicado y casi nunca abordado. Pero la ansiedad que sentía por saber era más fuerte.

Dete, con una cortesía que parecía heredada de otra época, le acercó la silla. Heidi se dejó guiar, aunque un leve rubor de vergüenza le subió al rostro. No estaba acostumbrada a esos gestos tan pulidos; la última vez que alguien le había acercado una silla había sido a los ocho años, por orden estricta de la señorita Rottenmeier. Desde que volvió a las montañas, se sentaba como quería, disfrutando de esa libertad simple.

Mountain | Heidi&PedroDonde viven las historias. Descúbrelo ahora