Todos conocemos a Heidi, la niña de los Alpes. Pero la infancia quedó atrás y con ella la ingenuidad. Ahora, adolescente, se enfrenta a cambios, responsabilidades y experiencias que la obligan a crecer. Entre la montaña y la ciudad, entre el pasado...
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(Imprenta, ciudad de Berlín)
"El espejo"
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La biblioteca estaba casi en penumbras, apenas iluminada por una lámpara antigua que dejaba un círculo de luz amarillenta sobre la mesa de madera, como un pequeño refugio en medio de la oscuridad. El resto de la estancia se perdía en sombras, estantes repletos de volúmenes que parecían dormir, vigilando en silencio. Cada libro encerraba un mundo, y sin embargo ninguno hablaba en voz alta: todos aguardaban el gesto paciente de unas manos que quisieran abrirlos.
Heidi sostenía un libro de poesía entre las suyas, uno de esos de páginas ásperas y olor a tinta vieja, casi húmeda, como si el tiempo lo hubiera ido impregnando con una melancolía que se respiraba al tacto. Intentaba leer en un idioma que apenas conocía, de frases largas y ornamentos excesivos. No entendía gran cosa; las palabras se le mezclaban, se deshacían antes de poder atraparlas del todo. Pero insistía, con esa obstinación que llevaba grabada en la sangre desde niña. No era solo leer... era una manera de recordarse a sí misma que aún podía aprender, que su mente no estaba condenada a quedarse anclada en la nostalgia ni en la repetición de recuerdos que tantas veces la perseguían.
Cada sílaba extraña que descifraba era una afirmación silenciosa: todavía puedo avanzar, todavía puedo crecer.
En la habitación vecina, Dete dormía junto a su marido, respirando con el ritmo sereno de quien se siente seguro, envuelta en un sueño ajeno a toda inquietud. El silencio de ellos contrastaba con el murmullo de la ciudad. Más allá, su pequeño sobrino descansaba por fin, después de una lucha casi teatral para convencerlo de acostarse temprano; ahora estaba escondido entre sábanas gruesas que lo protegían del aire frío que se filtraba por las rendijas de la ventana.
Afuera, Berlín no dormía del todo. La ciudad parecía tener su propio pulso, constante e inquieto. Respiraba humo, trenes y prisas. Desde la ventana entreabierta llegaban los ecos de la modernidad: el chirrido metálico de los tranvías deslizándose por las vías mojadas, el silbido lejano de alguna fábrica que anunciaba el cambio de turno, y el rumor de pasos apresurados que resonaban en adoquines invisibles. Aquellos sonidos conformaban una orquesta nocturna que no era la suya, un mundo que la acogía y al mismo tiempo le recordaba, sin piedad, que no pertenecía del todo a él.
Pasó la yema de los dedos por las letras como si pudiera comprenderlas por contacto, como si el papel le confiara un secreto al roce de la piel. Pero no lo logró. Una sonrisa cansada, apenas un soplo de aire, se le escapó sin que pudiera evitarlo.
—Terca... sigo siendo terca —murmuró, consciente de que hablaba sola, como cuando de niña hablaba con las cabras en la montaña.
La lámpara parpadeó una vez, débil, como si la casa misma respirara con ella, acompañándola en su vigilia obstinada. Con un gesto lento cerró el libro, escuchando el sonido hueco de las tapas al juntarse, un ruido que pareció marcar el final de un esfuerzo y el inicio de otra cosa. Sus ojos acusaban el cansancio: sombras azules bajo los párpados, el peso acumulado de noches interrumpidas, de días que parecían no acabar nunca.