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(balcón y acianos, Berlín)

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(balcón y acianos, Berlín)





"El cambio"





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Se desperezó con un gesto lento, casi perezoso, estirando brazos y piernas hasta que el crujido de su espalda le arrancó una mueca de dolor. El cuerpo parecía no pertenecerle: la cintura le ardía, como si hubiera cargado con un peso invisible durante horas; los dedos, entumecidos y torpes, estaban cubiertos de manchas oscuras de tinta que habían terminado por volverse parte de su piel. Incluso tenía alguna que otra ampolla en las yemas, recuerdo molesto de la pluma que había usado con insistencia. Desde la cadera hacia abajo, apenas sentía el cuerpo, como si el tiempo, la concentración y la postura rígida la hubieran anulado. El espejo esa mañana le había devuelto la verdad sin piedad: bolsas verdosas y violáceas bajo sus ojos, huellas de noches cortadas y un insomnio pertinaz que se había vuelto compañero fiel.

No quería sonar quejumbrosa, tampoco ingrata. Después de todo, el lugar era cómodo, demasiado cómodo. Tenía un asiento mullido, un escritorio amplio, una habitación bañada por una luz clara que invitaba a la concentración y, aun así, nada de eso lograba disipar el peso que arrastraba.

Cinco horas llevaba allí dentro, y lo único que había conseguido era desgastarse frente a un borrador interminable. Las frases se disolvían en párrafos que no conducían a nada; ninguna idea se cerraba con precisión, ningún argumento se erguía con firmeza. Siete días le quedaban para entregar algo decente, legible, aprobado con suerte. Y, sin embargo, cada intento parecía un fracaso más, una palabra marchita antes de florecer.

Aquella tarde ya no sacaría nada bueno. Lo sabía. Seguir insistiendo solo sería estropearlo.

Se levantó con lentitud, como si cargara años de cansancio, y se asomó al balcón. El aire fresco le golpeó la cara, casi como un reproche. El balcón era enorme, casi tan grande como la misma habitación; y la casa entera —esa casa colosal que todavía no aprendía a recorrer sin perderse— la rodeaba con su grandilocuencia, recordándole a cada paso que no pertenecía del todo a ese lugar.

La distracción, pensó, siempre había estado allí. Nada había cambiado en ella: la facilidad para dejarse arrastrar por pensamientos, recuerdos, fantasías.

Abajo, el jardín desplegaba un espectáculo silencioso. Los acianos pintaban manchas azules entre el césped, y los cerezos, dueños del inicio de la primavera alemana, extendían ramas cargadas de flores frágiles, casi etéreas. A veces, la tentación se le colaba como un pensamiento travieso: arrancar cada una de esas flores, llevarlas a su habitación y cubrir la cama entera, tirarse sobre ellas y dejar que el perfume le impregnara la piel todo el día. Nunca lo hacía, claro. Se reprimía con la idea de que aquellas flores florecían mejor entre las demás, en su propio entorno, como parte de un conjunto. "Donde pertenecen", solía repetirse, aunque sabía que en el fondo esas palabras eran más para ella que para las flores.

Mountain | Heidi&PedroDonde viven las historias. Descúbrelo ahora