Todos conocemos a Heidi, la niña de los Alpes. Pero la infancia quedó atrás y con ella la ingenuidad. Ahora, adolescente, se enfrenta a cambios, responsabilidades y experiencias que la obligan a crecer. Entre la montaña y la ciudad, entre el pasado...
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(Alpes Suizos, atardecer)
El Comienzo
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Habían pasado seis años desde aquel verano en el que Clara dio sus primeros pasos. Seis años que parecían un suspiro cuando Heidi los recordaba, pero que habían sido suficientes para convertirla en una joven de dieciséis años.
Ya no era la niña que corría descalza por las praderas; su cuerpo y su rostro habían cambiado, pero en sus ojos marrones todavía brillaba la misma luz inquieta.
Todo en los Alpes parecía seguir igual: las montañas majestuosas, el aire limpio, el sonido de las cabras en el corral y el abuelo esperándola cada mañana. Incluso Pedro seguía allí, tres años mayor que ella, con la misma sonrisa franca y un aire distraído que nunca terminaba de abandonar.
Pero la ausencia de una madre y un padre le había obligado a Heidi a crecer a su manera, descifrando por sí sola los secretos y las exigencias de la madurez. No había manual ni consejos maternos; solo intuición, errores y aprendizajes.
Ese día, el plan era simple: ir con Pedro a la montaña a buscar hierba olorosa. Un cabrito había nacido y necesitaba la mejor leche, y para eso, la dieta de las cabras debía ser perfecta. Heidi madrugó, desayunó deprisa y preparó su bolso. Conocía demasiado bien la puntualidad de Pedro, casi militar cuando se trataba de su trabajo.
—Buenos días, Heidi —saludó el abuelo desde la mesa.
—Buenos días, abuelito.
Aunque no habían pasado tantos años, la vejez se insinuaba en su figura. Sus manos se movían con más lentitud, su espalda se resentía y a veces se quedaba mirando el horizonte más de lo necesario, como si contara los inviernos que aún le quedaban. A Heidi le dolía pensar que llegaría el día en que él ya no podría subir a las montañas. Esa idea la asustaba, pero también reforzaba una decisión interna: así como él había hecho todo por ella cuando nadie más lo hizo, ella lo cuidaría con la misma entrega.
—Supongo que subirás a la pradera, ¿verdad? —preguntó el abuelo, acercándose al ropero donde guardaba sus pertenencias como platos, vasos, mantas, ropa, etcétera. Heidi asintió— Bien, debo ir al pueblo, el otoño de acerca y hay que comprar comida para la casa de Dörfli.
Heidi asintió.
—Sí, pero quería decirte... que cuando toque ir al pueblo a comprar provisiones para el otoño, te voy a acompañar. Falta un mes todavía.
—Oh, pequeña —respondió él con una media sonrisa—, hoy no voy solo a comprar. Debo pasar por la cabaña de Pedro y reforzarla antes de que lleguen los vientos fuertes. Si se me hace tarde, dormiré allí.