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(Cabaña, Los Alpes)

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(Cabaña, Los Alpes)


Navidad



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Los jóvenes de Dorfli se preparaban con entusiasmo para las fiestas; algunos recorrían los bosques en busca del árbol perfecto, otros decoraban las calles del pueblo con guirnaldas y luces, mientras que los más pequeños se apresuraban a escribir cartas a Papá Noel. En general, todos se mantenían ocupados, como si el espíritu navideño los impulsara a compartir alegría y esfuerzo.

El espíritu de la Navidad se percibía en cada rincón: el aire frío traía consigo un aroma a pino y pan recién horneado, los copos de nieve que caían suavemente sobre los techos reflejaban la luz de las farolas, y la gente entonaba villancicos en las calles mientras colocaban regalos y juguetes para los más necesitados. Cada hogar parecía irradiar calidez, y la emoción de las festividades envolvía a todo Dorfli en un abrazo invisible.

Pero, ¿qué les depararía aquel año, en Navidad, a la pequeña (no tan pequeña) Heidi?

No lo sabríamos hasta que lograra, primero, librarse de Pedro y de su insistente compañía.

—¿Estás segura de que no hay nadie aquí? —preguntó Pedro, susurrando mientras se movía con cautela.

—Pero si tú dijiste que nos metiéramos en este hueco porque nadie solía merodear en este sector de la escuela —respondió Heidi, aún algo nerviosa.

—Ehh, sí, es cierto... pero ahora me surgen algunas dudas —admitió Pedro, con una ceja arqueada.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Hay un niño mirándonos —murmuró Pedro, señalando discretamente hacia la entrada.

Heidi giró la cabeza lentamente y sus ojos se toparon con un pequeño de baja estatura que permanecía quieto, observándolos con la boca entreabierta y un dulce en la mano. Su mirada combinaba curiosidad y asombro.

—¡Oh! Es Miles —susurró Heidi, con un hilo de voz—. Ho-hola, Miles.

—¿Necesita ayuda, señorita Heidi? —dijo tímidamente el niño, sosteniendo el dulce con ambas manos.

—¿Señorita Heidi? —preguntó Pedro, sorprendido y divertido.

—Le leo cuentos a veces... No, Miles, gracias. Solo tropecé y este amable chico me ayudaba a ponerme de pie —explicó Heidi, tratando de sonar convincente mientras miraba a Pedro, apretando los dientes con cierta impaciencia—. Muchas gracias por ayudarme, Pedro...

—Eh... oh, sí, no hay de qué, bella dama —respondió Pedro, inclinándose exageradamente mientras simulaba enderezarla con cuidado.

El castaño metió el dulce en la boca y se alejó saltando con ligereza, como si no hubiera ocurrido nada. Heidi suspiró, algo exasperada.

Mountain | Heidi&PedroDonde viven las historias. Descúbrelo ahora