Todos conocemos a Heidi, la niña de los Alpes. Pero la infancia quedó atrás y con ella la ingenuidad. Ahora, adolescente, se enfrenta a cambios, responsabilidades y experiencias que la obligan a crecer. Entre la montaña y la ciudad, entre el pasado...
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(Dete Sessemann, mansión)
Té
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—Fin —cerró la página del libro con un golpe suave, pero con la paciencia ya agotada.
—No me gustó —murmuró uno de los niños, con un mohín de fastidio.
—No entendí el final —añadió otro, cruzando los brazos.
—¿Podría ser otra historia? —pidió una tercera voz, cargada de expectativa.
Normalmente, Heidi sabía cómo manejar esos pequeños desafíos: un chiste rápido, una propuesta divertida o un nuevo libro siempre la salvaban. Pero esa mañana, sentía que su energía estaba más baja que nunca. Tenía la sensación de que cada palabra le pesaba el doble y que cualquier queja podía quebrar la frágil calma que intentaba sostener. No estaba de humor para educar ni entretener.
Su hora casi había terminado, así que decidió no buscar otro cuento. Cerró el libro y se puso de pie, sonriendo apenas para disimular su malestar.
—Nos vemos el jueves —se despidió, y caminó hacia la puerta con paso lento.
El día había comenzado demasiado temprano, con clases a primera hora y un almuerzo rápido que no había terminado de disfrutar. Luego, el trabajo con niños caprichosos que parecían competir para ver quién podía agotarla más. Y como si eso fuera poco, todavía tenía sobre la mesa una tarea escolar que el maestro de química había entregado para casi un mes de resolución. Pensaba cumplirla al pie de la letra, no por amor a la materia, sino para librarse de ese peso y —quizás— ganarse algún elogio.
En el fondo de su mente, también rondaba una conversación pendiente con Julie Mills. El descarado artículo que la rubia de rizos había publicado en el periódico todavía le ardía como una espina. No sabía bien qué tono adoptar: parte de ella quería ser tajante y dura, pero otra temía caer en la grosería.
Y, cómo no, estaba Pedro. Pedro, Pedro y... Pedro. Aquel cabrero era un cúmulo de rarezas desde que lo conocía, pero cuando se trataba de ellos dos, esas rarezas se multiplicaban por diez. ¿Acaso se habría sentido presionado o incómodo después de leer ese ridículo artículo? Ahora, para algunos en el pueblo, ya no era solo "el cabrero" de siempre, sino un joven con problemas amorosos, como si la gente necesitara ponerle un nuevo título. Y expresarse nunca había sido su fuerte, lo que hacía cualquier conversación importante más difícil que enfrentarse a Julie.
Heidi quiso dejar de pensar en todo. Estaba cansada de querer resolverlo todo al instante. Desde la siesta del día anterior, un dolor de cabeza punzante la acompañaba como una sombra. No había forma de ignorarlo.
Por eso, en lugar de ir directo a casa, se desvió para buscar algo de dinero y comprar unas pastillas. Tal vez así pudiera dormir y calmar un poco la inquietud.