9 (editado)

566 31 10
                                        

(Los Alpes, verano)

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.

(Los Alpes, verano)



Acantilado



_________________________________


—¡Abuelito, ya tengo las mantas! —gritó Heidi desde lo alto de las escaleras, bajando apresurada con todas las mantas dobladas cuidadosamente en sus brazos.

El viejo, sentado junto a su silla de madera tallada, alzó la vista y sonrió con ternura.

—Ponlas aquí, pequeña —dijo, extendiendo una especie de mochila rústica hecha con tela gruesa y cuero, donde cuidadosamente acomodó las mantas.

Las semanas habían pasado rápido, casi sin darse cuenta, y ahora el abuelito, Clara y Heidi se preparaban para partir rumbo a la cabaña, su refugio en las montañas, para disfrutar esos últimos días de verano que aún les quedaban. La estación comenzaba a cambiar, y pronto Clara volvería a la ciudad, mientras Heidi probablemente retomaría sus estudios junto a Pedro en el pueblo.

—La comida ya está empacada —anunció Clara con una sonrisa mientras revisaba una canasta llena de panes, quesos, y algunos frutos frescos—. ¿Hace falta algo más?

Heidi, con el ceño ligeramente fruncido por la emoción contenida, se acercó.

—Supongo que no. ¿Estamos listos para salir? —preguntó, mirando al abuelito, quien asintió con una mezcla de orgullo y melancolía.

El crujir de la madera vieja anunció que la puerta se abría, pero justo cuando pensaban que todo estaba listo, Heidi se detuvo.

—¡Esperen! —exclamó, subiendo rápidamente las escaleras—. Me olvidé de algo importante.

Entró a su cuarto con pasos rápidos, y allí, sobre su cama tendida con su habitual pulcritud, reposaba el collar que Pedro le había regalado. La pequeña "H" grabada en el dije brillaba bajo la luz cálida del atardecer que entraba por la ventana.

—¿Cómo pude olvidarte a ti? —murmuró con una sonrisa, tomando la joya y guardándola cuidadosamente en uno de los bolsillos de su vestido, pegándola cerca de su corazón.

Bajó con paso ligero y acelerado, ansiosa por dirigirse al fin hacia sus queridas montañas, su hogar.

Eran pasadas las cinco de la tarde cuando el grupo ya se acercaba a la cabaña. El cielo mostraba pinceladas de naranja y rosa, anunciando la llegada de un nuevo atardecer. La niebla comenzaba a formarse en los rincones más bajos, y Niebla, la cabra blanca y traviesa, bebía plácidamente de la fuente cercana mientras bandadas de pájaros surcaban el cielo en su eterno viaje migratorio.

—Hola, Pichí —susurró Heidi con cariño, recordando a su emplumado amigo de la infancia, un petirrojo que siempre la acompañaba en sus paseos.

—Hace calor, ¿no? —dijo Clara, limpiándose el sudor de la frente con un pañuelo, aún jadeante por la caminata.

Mountain | Heidi&PedroDonde viven las historias. Descúbrelo ahora