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(Cajas de regalo)

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Sorpresa



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La mañana amaneció tranquila en Los Alpes. Heidi estaba sentada a la mesa, disfrutando del desayuno junto a su abuelo, como solían hacer cada día. Pan fresco de Dörfli, acompañado del típico y casero queso que él mismo ayudaba a preparar, y la leche tibia y cremosa de sus cabras. Esta vez, sobre el plato, descansaban unas nueces recién recogidas que Heidi había juntado días atrás durante sus paseos por el bosque. Un pequeño detalle que hacía el desayuno aún más especial.

Pero, aunque todo parecía en calma, la mente de Heidi no podía estar quieta. Desde que había enviado las cartas a Frankfurt, esperando noticias de Clara, cada minuto se hacía eterno. La ansiedad se apoderaba de ella, la espera era larga y los pensamientos se agolpaban, como si en cada sombra quisiera esconderse una respuesta.

De repente, un tintinear familiar la sacó de su ensimismamiento: el sonido alegre y constante de cencerros resonaba a lo lejos, anunciando la llegada de Pedro y su rebaño. Sin pensarlo dos veces, Heidi dejó el plato y se levantó con rapidez para alcanzarlo.

—¿Alguna carta? —preguntó ya agitada, apurándose para alcanzarlo antes de que desapareciera entre los árboles.

Pedro se volvió con una sonrisa pícara y le respondió:

—Buenos días para ti también, ¿sabías?

Heidi, algo sorprendida por el comentario, intentó controlar la respiración y contestó con una sonrisa tímida:

—Lo siento, buenos días.

Pedro la miró divertido, como si le gustara verla tan impaciente, y dijo con una voz un poco más seria:

—Traje una carta, pero no creo que debas leerla ahora.

Heidi frunció el ceño, confundida:

—¿Qué? ¿Por qué no?

Pedro se detuvo, dio un fuerte silbido y señaló hacia el camino por donde venía. Heidi parpadeó y vio cómo una cabellera rubia y brillante se acercaba, moviéndose entre las sombras y la luz de la mañana.

—¡No puede ser! —exclamó con alegría, olvidando por completo la espera y el tiempo.

Corrió sin pensarlo, abriendo los brazos para fundirse en un abrazo con su mejor amiga, quien llevaba una maleta en una mano y una sonrisa tan amplia como el cielo.

—¡Sorpresa! —dijo Clara, igual de contenta, mientras acariciaba la mejilla de Heidi con ternura—. Oh, te has emocionado...

Los ojos de Heidi se llenaron de lágrimas, que apenas pudo contener cuando se separaron un poco para mirarse a los ojos. Sin soltar las manos, susurró:

Mountain | Heidi&PedroDonde viven las historias. Descúbrelo ahora