Todos conocemos a Heidi, la niña de los Alpes. Pero la infancia quedó atrás y con ella la ingenuidad. Ahora, adolescente, se enfrenta a cambios, responsabilidades y experiencias que la obligan a crecer. Entre la montaña y la ciudad, entre el pasado...
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(Granja, Suiza)
Él sin ella
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Observó aquel pastizal verde con detenimiento, con la mirada fija pero la mente muy lejos. Dudó. Podía tomar el sendero que conocía de memoria, ese que en otro tiempo lo había visto correr tras las cabras, o podía seguir la ruta que lo llevaba al trabajo que le habían encargado. Inspiró hondo, negó con la cabeza y siguió caminando hacia la segunda opción.
Al fin y al cabo, ese era su oficio ahora, y no pensaba estropearlo por nada del mundo.
El joven, alto y de hombros firmes, atravesó el pequeño pueblo en silencio hasta encontrar un carruaje que lo llevara a su destino. El trayecto a pie le hubiera tomado más de cinco horas, y ya no estaba para perder tiempo ni gastar fuerzas innecesarias. Sacó su cartera, pagó al buen hombre y subió sin dudar. El traqueteo del vehículo se convirtió en un arrullo involuntario que lo obligó a mirar hacia afuera, hacia los campos interminables, y a veces hacia dentro de sí, donde no quería quedarse demasiado.
Llegó poco después. La estancia lo recibió con calidez y amplitud: un jardín verdoso que parecía recién peinado, un recibidor amplio, flores acomodadas en jarrones que daban la sensación de que alguien allí aún conservaba gusto por los detalles. Los dueños lo atendieron con una cortesía que rozaba la devoción, como si hubiera llegado el mismo Jesús a sus tierras.
Fue conducido al patio, donde se desplegaba una variedad de flora y fauna que lo impresionó. Y sin perder tiempo, comenzó su trabajo.
Aquello le llevaría varios días. Tras examinar cuánto tiempo exacto tardaría en terminar, les comunicó a sus patrones un informe mental —como hacía siempre, de manera breve pero segura— y estos, complacidos, le ofrecieron estadía mientras durara su labor. Pedro agradeció de verdad. No era un gesto menor: significaba cama limpia, techo firme y comida caliente. Y, sobre todo, ocupación constante. Mucha.
Porque eso era lo que necesitaba. Estar ocupado. Estar lejos del ocio. Estar lejos de... pensar demasiado.
La aplicación de sus nuevos conocimientos lo entusiasmó por un instante: había animales jóvenes en camino, ajustes de dieta que podían mejorar la producción, tareas complejas con las plantas. Estaría ocupado y, por un rato, hasta podría sentirse útil.
Ya no era como cuando era chico, cuando podía tirarse en cualquier rincón y dormirse sin más. Ahora no. Ya no tomaba largas siestas; apenas se permitía cerrar los ojos al alba, pero nunca permanecía inmóvil más de una fracción de segundo. Apenas el sol rozaba las montañas, ya estaba de pie, listo para empezar su día.
Había hecho reformas en su cabaña —ahora su "casa"—. La había ampliado y vuelto más acogedora, con la capacidad de recibir a cinco invitados más si así se le antojaba. Al principio había creído que era inútil semejante esfuerzo; la soledad parecía desmentir la necesidad de espacio. Pero lo hizo igual. Quizá porque, cuando fuera mayor, le agradecería a su yo del pasado haber construido algo digno. Algo que parecía esperar visitas que nunca llegaban.