Todos conocemos a Heidi, la niña de los Alpes. Pero la infancia quedó atrás y con ella la ingenuidad. Ahora, adolescente, se enfrenta a cambios, responsabilidades y experiencias que la obligan a crecer. Entre la montaña y la ciudad, entre el pasado...
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(Orgullo y prejuicio, Jane Austen)
Inútiles cuidados
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Aquel día, el viejo se levantó temprano, antes de que el sol terminara de despuntar sobre las montañas. Había decidido ir a la cabaña de la tía Brígida para avisarle personalmente de lo sucedido el día anterior. Pedro se había quedado en el pueblo, y probablemente no volvería esa noche tampoco. El abuelo quería asegurarse de que Brígida no se preocupara, así que le contó todo... aunque con las palabras medidas, sin exagerar ni provocar pánico. Por suerte, ella reaccionó con algo de susto, pero pronto pudo tranquilizarla con su voz pausada.
Mientras tanto, en la casa del pueblo, Clara preparaba el desayuno con la meticulosidad de siempre. Heidi, sentada a la mesa, cortaba queso con más entusiasmo que técnica, mientras Pedro aún dormía en la habitación contigua.
—Necesito que despierte... —dijo Heidi, haciendo un esfuerzo por cortar una rebanada pareja—. No aguanto las ganas de abrazarlo.
—Debes ser muy cuidadosa —respondió Clara sin apartar la vista de los panes que colocaba en la mesa—. Recuerda que todavía está un poco delicado.
—Lo seré, lo seré... ¿Quién lo diría, no? —comentó Heidi con un dejo de incredulidad. Clara la miró con curiosidad—. ¿Quién diría que nos accidentaríamos este verano?
—A cualquiera le puede pasar —replicó Clara—. Por suerte estoy aquí; si no, el abuelito habría tenido que cuidar de los dos él solo.
—Es cierto... qué suerte tenemos —asintió Heidi, para luego sonreír traviesa—. Doctora Clara, dígame... o mejor dicho, cuénteme: ¿cómo está su esposo?
—En casa, con los niños. Cumpliendo su rol de padre —bromeó Clara, provocando que ambas soltaran una breve risa.
—Envíale saludos... de mi parte al buen Charles, por cierto —añadió Heidi, como si no hubiera dicho nada extraño.
Clara se detuvo en seco, los ojos un poco más abiertos, y fingió indignación. —Ese no es el nombre de mi esposo, señorita Adelaida... ¿cómo se atreve? —dijo, disimulando su nerviosismo tras una sonrisa forzada.
Heidi soltó una carcajada y dejó el cuchillo sobre la mesa. —¿No lo has visto estos días? —preguntó, dejando de bromear para mirarla con genuino interés.
—La última vez que lo vi fue el día que te conté lo de la lista... cuando volvía de la montaña —recordó Clara, sonrojándose casi sin notarlo.
—¿Acaso ocurrió algo? —preguntó Heidi, percibiendo al instante aquella incomodidad inusual en su amiga.
—No... claro que no. Todo está bien —respondió Clara rápidamente, aunque su tono la delataba—. Solo que ese día iba muy apurada, estaba sudando demasiado... y él apareció de repente. No sabía qué decir ni qué hacer... hasta que me fui. ¡Dios, estaba tan desalineada!