Todos conocemos a Heidi, la niña de los Alpes. Pero la infancia quedó atrás y con ella la ingenuidad. Ahora, adolescente, se enfrenta a cambios, responsabilidades y experiencias que la obligan a crecer. Entre la montaña y la ciudad, entre el pasado...
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(Platos, pastas)
Confesiones
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Era la cuarta vez que la señorita Anderson pedía silencio. Ese día, los niños estaban especialmente conversadores, y para suerte de Heidi, eso no sería un problema. Había escogido la historia más interesante y conocida de toda la biblioteca para sus lectores de ocho años: Caperucita Roja.
—Pero, señorita Heidi... esa historia la oímos a menudo. La anterior señorita que nos leía siempre lo hacía —protestó un niño de cabello rizado y rojo, frunciendo el ceño mientras se acomodaba en su asiento y jugueteaba con un mechón rebelde.
—Hablé con su anterior lectora y confirmé que les leyó la versión infantil de este libro —respondió Heidi, mostrando con cuidado la tapa del libro, adaptada para niños de cinco años—. El manuscrito que leeré hoy es más complejo, más desafiante para su edad. ¿Me explico?
—Aun así, nos sabemos todo el cuento de memoria —dijo otro niño, con ojos grandes y verdes que brillaban de picardía—. Podríamos contárselo ahora mismo y resumido.
—¡Pero claro que sí! —exclamó Heidi, con una sonrisa cómplice—. Todos podrían hacer eso. —Cerró el libro con delicadeza y aclaró la garganta para añadir dramatización a su relato—. El cuento de hadas de aquella abuelita y su nieta que debía escoger entre dos caminos... y que terminó guiándose por la opción más fácil y tentadora.
Algunos niños rieron, mientras otros permanecían distraídos, jugueteando con sus manos o mirando alrededor. Heidi continuó, con voz firme pero amable:
—Bien, les haré caso entonces. Parte de mi trabajo es escuchar sus opiniones para saber si han entendido la historia... además de entretenerlos, por supuesto. ¿Alguien puede decirme qué enseñanza nos regala el cuento?
—No comer tantas porquerías como la abuelita que termina siendo el lobo —dijo una niña con inocencia.
Heidi soltó una carcajada, y los niños no tardaron en sumarse. Sus risas llenaron la sala de manera contagiosa. Incluso Pedro, que estaba sentado en el piso con ellos, rió entre dientes, escondiendo su sonrisa tras la manga del abrigo, mientras miraba con admiración a Heidi.
Pero justo cuando la atmósfera era más cálida, la gran puerta de la biblioteca se abrió de golpe, y todas las miradas se dirigieron hacia ella.
Allí estaba Pedro, con su abrigo oscuro y sonrisa amplia, cerrando la puerta detrás de él.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Heidi, sorprendida, aunque con una sonrisa dibujada en su rostro.
—Estaba aburrido, y no se me ocurrió otra cosa que venir —dijo el castaño, acercándose a ella para depositar un beso rápido en su mejilla. Una aclaración de garganta hizo que se separaran. Los niños lo miraban con curiosidad y un poco de confusión—. ¡Hola!