13 (editado)

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(Clara y Heidi, estación)

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(Clara y Heidi, estación)


Despedida



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La partida de Clara se acercaba, y con ella la nostalgia de todos los años. Las despedidas nunca habían sido el fuerte de nadie, pero, sin lugar a dudas, la más afectada era Heidi.

En cuanto a la joven, ya podía caminar con total normalidad. Estaba prácticamente recuperada: el doctor le había quitado la bota ortopédica y suspendido los medicamentos. Lo único que debía cumplir, por al menos un mes más, era evitar movimientos bruscos, no correr y realizar todos los ejercicios que le habían recetado.

El tiempo había pasado más rápido de lo que esperaba. Quizás se debía a que, cada vez que veía a Pedro, su mente se sumía en pensamientos que no podía detener. Lo miraba sin descanso, como si intentara descifrar algo oculto en sus ojos marrones, pero nunca encontraba respuesta a sus dudas.

Últimamente había empezado a verlo de una forma diferente... no como un amigo, sino como algo más. Sin embargo, no lograba concretar esa idea en su mente; se conocían desde pequeños y resultaba difícil romper esa imagen de toda la vida.

—Tengo las toallas —anunció Clara, bajando las escaleras con un bolso en la mano.

—Yo tengo la comida —respondió Heidi, guardándola en otro bolso.

—Y yo tengo ganas de irme ya, ¡apresúrense! —gritó Pedro desde la otra punta de la casa.

Los tres salieron por la puerta rumbo al lago, tal como Clara le había prometido a su amiga.

—Tengan un lindo día y... —alcanzó a decir el abuelo, pero fue interrumpido.

—¡No lleguen tarde, lo sabemos! —corearon los tres al mismo tiempo, provocando la carcajada del viejo.

Charlie los esperaba cerca de la cabaña de Pedro. Apenas lo divisaron, Clara salió corriendo hacia él, lo abrazó y le dio un corto beso en los labios. Heidi no pudo evitar sonrojarse, imaginándose en esa misma escena... pero con Pedro. Su propio cerebro parecía ensañarse con ella, torturándola con pensamientos imposibles y, para ella, vergonzosos.

Durante todo el camino trató de evitarlo. No podía controlar el calor en su rostro, el sudor o los nervios cada vez que él se acercaba a hablarle.

Aunque no faltaba demasiado para llegar, el trayecto se le hizo eterno... hasta que Niebla, que también los acompañaba, decidió acortar la espera: tomaron el camino más corto y en un abrir y cerrar de ojos estaban casi allí.

—Oye, Heidi, ¿todo bien? —preguntó Clara acercándose.

—Sí, solo un poco cansada —respondió ella, algo agitada.

Mountain | Heidi&PedroDonde viven las historias. Descúbrelo ahora