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(Día de Dörfli)

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(Día de Dörfli)



Festival



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El tan esperado día de Dörfli por fin había llegado. El aire del valle estaba impregnado con el olor dulce de las flores recién colocadas y el murmullo animado de los vecinos. A las cuatro de la tarde comenzaría el desfile de carrozas, y Heidi y Clara ya tenían un plan perfectamente calculado: colocarse en primera fila para no perderse ni un detalle.

Heidi sentía que este año sería distinto. Antes, el festival la emocionaba... pero siempre había algo de soledad en medio de tanta música y baile. Sus amigos ya tenían compañeros de pista, y ella terminaba quedándose al margen. Sin embargo, ahora que había conocido a William, las cosas podrían tomar un rumbo diferente. O al menos, eso creía... o quería creer.

—¿Todo listo? —preguntó Heidi al abuelito mientras acomodaban quesos y artesanías en el pequeño stand de la familia.

—Sí, todo en orden. Ustedes vayan a divertirse; yo me quedo cuidando el puesto. Pedro dijo que las vería allí —respondió el viejo con calma.

Las chicas soltaron un "¡adiós!" y se marcharon al pueblo. Faltaban apenas quince minutos para el desfile, y la emoción las empujaba a caminar rápido.

En cuanto se alejaron lo suficiente, el abuelo alzó la voz sin siquiera mirar alrededor:
—Ya puedes salir de tu escondite, General.

De detrás de unos cajones, apareció Pedro, agachado como si viniera de una misión de guerra. Asomó la cabeza para asegurarse de que las chicas estaban fuera de rango visual antes de incorporarse.

—Bien... ¿y qué hago si me ven? —preguntó, bajando la voz como si estuviera en un operativo secreto.

—Yo qué sé, mocoso. Te acercas, charlas como si nada y sigues el plan. Tal y como lo acordamos —dijo el abuelo, con ese tono de "no me hagas repetir las órdenes".

Pedro resopló. —No eres de mucha ayuda, viejo... Bueno, me voy antes de que se haga tarde —y se encasquetó su inseparable gorro amarillo.

—La cuidas, ¿me oyes? —recalcó el abuelo, con esa mirada que hacía que hasta un oso se lo pensara dos veces.

—Sí, sí, ya voy... —gruñó Pedro, alejándose con las manos en los bolsillos.

El muchacho mantuvo una distancia prudente, siguiendo a las muchachas por el sendero que bordeaba el bosque. Se movía con cuidado, evitando pisar ramas secas. De vez en cuando se agachaba como si estuviera esquivando francotiradores invisibles, aunque lo único que había eran ardillas.

Conforme se acercaba, no pudo resistirse a escuchar la conversación.

—¿Crees que va a ir? —preguntó Heidi, mirando al suelo.

Mountain | Heidi&PedroDonde viven las historias. Descúbrelo ahora