Todos conocemos a Heidi, la niña de los Alpes. Pero la infancia quedó atrás y con ella la ingenuidad. Ahora, adolescente, se enfrenta a cambios, responsabilidades y experiencias que la obligan a crecer. Entre la montaña y la ciudad, entre el pasado...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
(Heidi&Pedro, Suiza)
Noticia
___________________________________
—Debes retomar las clases, Pedro. Solo te queda este año, es el último esfuerzo —insistió Heidi, cruzando los brazos y mirándolo con esa mezcla de firmeza y ternura que lo desarmaba.
—Retomaré mi tradición de no asistir a la escuela en invierno, solo por mi salud física y mental —replicó él, con un tono que pretendía sonar serio pero que rozaba la ironía.
—Eso no tiene sentido —negó ella, frunciendo el ceño—. Tú sales afuera hasta cuando hay un huracán. No me vengas con excusas... al menos acompáñame.
—No lo sé... —murmuró Pedro, evitando su mirada y rascándose la nuca como si buscara tiempo para inventar una mejor justificación.
—Hazlo por mí... —pidió ella, suavizando la voz y dejando que sus labios formaran un puchero perfectamente calculado.
Pedro soltó un suspiro resignado. No podía resistirse a esa expresión; Heidi, perdiendo toda compostura y dignidad solo para convencerlo, era malditamente adorable... y más peligrosa para su voluntad que cualquier argumento lógico. Terminó aceptando, más por la promesa de pasar tiempo con ella que por un verdadero interés académico. Claro que, en el fondo, también reconocía que terminar la escuela podría traerle algún beneficio en el futuro.
La sonrisa satisfecha de Heidi lo dijo todo: si alguien podía torcerle el brazo a Pedro, definitivamente era ella.
—Pasa por mí a la misma hora de siempre, mañana —indicó, acercándose para darle un casto beso en los labios. Un gesto rápido, casi inocente, pero que a él le dejó una sensación cálida persistente. Debía irse; si se demoraba, el abuelito empezaría a preocuparse... y quizás a sospechar.
—De acuerdo, ma'am —respondió Pedro, imitando un acento francés exagerado que la hizo rodar los ojos con una sonrisa involuntaria. La acompañó con la mirada mientras ella salía por la puerta y se perdía en el camino.
Mientras caminaba rumbo a su casa en el pueblo, Heidi repasaba en su mente, una y otra vez, cómo le contaría al abuelito sobre su amorío con Pedro. Era un peso que llevaba encima; la única persona que lo sabía era la madre de él, y guardar el secreto comenzaba a resultarle inquietante. El abuelo era una de las personas más importantes de su vida, y la idea de que él lo ignorara le generaba una incomodidad creciente.
Entonces, como un chispazo, pensó en Clara.
Había estado tan ocupada con todo lo sucedido que había olvidado escribirle. Ni siquiera había respondido su última carta... o cartas. Se apresuró al llegar y abrió el buzón, encontrando un pequeño montón de sobres: algunos del abuelo, y al menos cinco de Clara. La punzada de culpa fue inmediata, como si hubiera dejado de lado a su mejor amiga por estar demasiado centrada en Pedro.