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(Habitación, Casa de los Sesemann)

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(Habitación, Casa de los Sesemann)




"Primera Vez"



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Realizó un leve movimiento de brazo en aquel lecho tan acogedor y sintió como si su cuerpo se desarmara por dentro, desmoldeándose con lentitud. Era la sensación de haber dormido toda la noche en la misma posición. Abrió los ojos con pereza y lo primero que vio fue la ventana cerrada, aunque una de las cortinas había quedado ligeramente corrida, permitiendo que los primeros rayos del día se filtraran con timidez e iluminaran la habitación entera con un resplandor suave y rosado.

Su cabeza subía y bajaba con lentitud. Pronto notó que no estaba recostada sobre una almohada, sino sobre algo cálido y firme. Una de sus manos reposaba abierta sobre una superficie lisa, tibia. Piel.

Y ahí lo comprendió.

El pecho de su mejor amigo, su novio, le había servido de almohada durante la noche entera. Nunca antes había estado tan pegada a su cuerpo como en ese momento. Respiró hondo, tratando de calmar ese latido atolondrado que se disparaba en su pecho, mientras los recuerdos de la noche anterior se le venían a la mente como una ráfaga sin control. Su mano comenzó a sudar.

—¿Ya despertaste? —escuchó de pronto, con esa voz ronca que siempre le salía al despertar.

Sintió cómo su mejilla vibraba ligeramente con cada palabra que él pronunciaba. No estaba calmada, para nada. Se llevó una mano a los ojos y los frotó, más para disimular su nerviosismo que por necesidad real.

—Buenos días —dijo él otra vez, y comenzó a acariciarle la espalda con una delicadeza que más que tranquilizarla, la encendía.

La mano masculina subía y bajaba con lentitud, apenas rozándola. Y aunque por dentro la consumían los nervios, no podía negar que ese contacto era de los más agradables que había sentido. El estómago le daba vueltas.

Fue entonces cuando recordó con claridad que no llevaba ropa. Ninguna. Estaba como Dios la trajo al mundo, pegada al cuerpo igualmente desnudo de Pedro. Los dos, en la misma cama. Lo habían hecho. Y ni siquiera lo había previsto.

—Oye, ¿estás bien? —preguntó con esa maldita voz profunda que parecía nacerle desde el centro del pecho. Posó la mano que acariciaba su espalda ahora en su frente—. Creo que tienes temperatura.

Quiso responder, pero la garganta simplemente no colaboraba.

—Mmmh —fue todo lo que pudo emitir.

En un solo movimiento, no brusco pero sí directo, Pedro giró y quedó frente a ella, buscando su mirada. Heidi no se esperaba ese gesto, así que lo observó con más vergüenza de la que ya sentía.

Mountain | Heidi&PedroDonde viven las historias. Descúbrelo ahora