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(ducha, casa en 1890)

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(ducha, casa en 1890)





"Marchitar"



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Habían pasado dos meses desde aquel regreso a la cabaña. Dos meses que, vistos desde fuera, parecían un cuadro de calma y sencillez: días de charlas junto al fuego, paseos entre la nieve, comidas improvisadas con pan tibio y queso fresco, risas que se escapaban sin esfuerzo y caricias infinitas. La rutina, aunque modesta, tenía algo de refugio; una sucesión de gestos cotidianos que daban la ilusión de que todo estaba bien.

En las mañanas, Pedro solía llegar con las mejillas encendidas por el frío y un canasto con lo que había conseguido: huevos, algo de leche, alguna fruta seca. Heidi preparaba el café, él encendía la chimenea, y desayunaban hablando de todo y de nada: de los animales, del clima, de algún vecino del pueblo que se había casado o que había vendido su casa. Entre sorbo y sorbo, él le sonreía como si no hubiera nada más en qué pensar.

Salían a caminar cuando el sol despuntaba y la nieve brillaba como vidrio molido. Tomados de la mano, seguían el sendero que bordeaba el arroyo, ese que en verano estaba rodeado de flores, pero que ahora era un trazo blanco y silencioso. A veces competían a ver quién hundía más rápido las botas en la nieve blanda. Otras, simplemente se quedaban en silencio, escuchando el crujir de sus pasos y el murmullo del agua que corría bajo el hielo.

También reían por cualquier tontería, como dos adolescentes que volvían a enamorarse cada mañana. Recordando discusiones estúpidas que solían tener en el pasado y que poco a poco dejaron de hacer presencia entre ellos.

—¿Recuerdas la vez que casi nos caemos al río por seguir a Copito? —preguntó ella entre risas, rompiendo el silencio con ese sonido que para Pedro era más dulce que cualquier melodía.

—¿Y quién lo rescató? —replicó él, incorporándose un poco e inflando el pecho con orgullo.

—¡Fuiste tú, claro! —exclamó Heidi, teatral—. Pedro, el cabrero... el héroe de las montañas. El mejor de todos. No hay nadie como él. ¡Oh, desearía que me rescate a mí también! —dijo llevándose una mano a la frente, como si se desmayara.

—Pues cuidado, que puedo hacerlo ahora mismo —replicó él, inclinándose hacia ella con una media sonrisa—. Aunque esta vez no creo que te deje ir tan rápido.

—¿Y si no quiero que me sueltes? —murmuró ella, entre broma y algo más, sintiendo el cosquilleo en la boca del estómago.

Pedro arqueó una ceja, disfrutando de tenerla tan cerca.
—Entonces me temo que tendrás que soportar que te lleve en brazos hasta... —hizo una pausa, bajando un poco la voz— donde sea que quiera dejarte.

Ella se mordió el labio, conteniendo la risa y la respuesta que le subía a la lengua. El aire frío les sonrojaba las mejillas, pero el calor que había en sus miradas era suficiente para derretir la nieve bajo sus botas.

Mountain | Heidi&PedroDonde viven las historias. Descúbrelo ahora