Todos conocemos a Heidi, la niña de los Alpes. Pero la infancia quedó atrás y con ella la ingenuidad. Ahora, adolescente, se enfrenta a cambios, responsabilidades y experiencias que la obligan a crecer. Entre la montaña y la ciudad, entre el pasado...
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(Paseo por Frankfurt, ciudad de Alemania)
"Lo que no se dice"
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La visita a la mansión Sessemann se extendería un par de días más y todos regresarían a sus vidas y ocupaciones, en sus respectivos hogares. Por supuesto que la casa estaba más llena que nunca. Y pretendían añorar cada momento como si fuera el último.
La luz de la mañana entraba tibia por los ventanales del comedor. El murmullo de la ciudad parecía quedarse afuera, como si aquella casa tuviera la capacidad de detener el tiempo. Heidi bajó en silencio, con el cabello aún húmedo por la ducha que acababa de darse, recogido a medias. Se había vestido sin pensar demasiado, con una blusa blanca suelta y una falda que apenas recordaba haber metido en la valija. La calidez en su pecho no era solo por la calefacción, era por bienestar, tranquilidad y porque apenas bajó al comedor visualizó una figura alta en una esquina. Supo al instante de quien se trataba.
Pedro ya estaba allí, parado junto a la mesa, preparando té o alguna infusión. No la vió enseguida. Tenía el ceño levemente fruncido mientras intentaba abrir un frasco de mermelada que tímidamente se atrevió a tomar debido a que no había nadie más en la cocina y no pudo preguntar por permiso. Cuando la escuchó entrar, levantó la mirada y, por un instante, no supieron bien qué hacer.
No fue incómodo. Solo... nuevo. No esperaba verla allí a primera hora debido a su "madrugador" despertar repentino. El solía dormir un poco más cuando no tenía trabajo, más aún sabiendo que se encontraba en una especie de vacaciones antes de volver al ruedo.
—Buenos días—dijo ella, casi en un susurro. Pedro solo tuvo que leer sus labios y adivinar su expresión más que escuchar sus palabras.
—Hola, ¿quieres? —preguntó él, levantando el tarro del dulce como si eso bastara para saldar cualquier incertidumbre, en una pura ofrenda de paz que no era necesaria entre ellos.
—Sí, gracias —respondió Heidi, con una sonrisa que apenas se sostenía, pero que era natural.
Él le sirvió té sin preguntarle más. Ella lo miró, sorprendida de verlo servicial, y se sonrojó sin más razón aparente. No era la primera vez que tenía detalles con ella pero luego de todo lo ocurrido, sentía que cada cosa mínima la envolvía en un transe lleno de espirales. Se sentó enfrente, con las piernas juntas, las manos sobre el regazo, y lo observó. Se dio cuenta de que lo observaba mucho, más de la cuenta desde que habían llegado a la mansión. El gesto con el que se acomodaba el cuello de la camisa, la manera en que sus dedos se manchaban con la mermelada, los cabellos cortos que caían por sus pómulos al bajar la mirada, la voz baja y grave con la que le ofrecía pan.
Definitivamente era un transe.
Y también la forma en que, de pronto, sin decir nada, se inclinaba un poco sobre la mesa para apartarle un mechón de pelo del rostro. Lo hizo con naturalidad, con un gesto simple, como si llevaran años en esa danza de pequeñas atenciones cuando en realidad hacía relativamente poco comenzaron los afectos físicos.