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(Cama de heno, la cabaña)

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(Cama de heno, la cabaña)





"El viaje interno"




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El regreso resultó corto para los viajantes, las vueltas siempre eran más rápidas y no daba el tiempo para asimilar lo último vivido.

La nieve crujía bajo los cascos de la carreta, como un susurro constante que parecía pedir silencio al mundo. El sol declinaba enrojecido entre las cumbres, y la cabaña, en lo alto, se recortaba contra el cielo como una promesa de abrigo, como una palabra dicha al oído justo antes del anhelo.

Al entrar, Heidi se quedó quieta un momento. El aire olía a leña, a tomillo seco, a hogar. Era como si el tiempo allí se hubiese congelado con suavidad, esperándolos. Nada parecía haber cambiado, y sin embargo, todo en ella había mutado. Sólo habían pasado unos días, no era para tanto. Tal vez el viaje logró que desbloqueara una manera diferente de ver las cosas.

—Estamos de vuelta —dijo bajito, casi con reverencia.

Pedro no respondió con palabras. La abrazó por detrás, envolviéndola con sus brazos como quien recupera algo precioso. Ella sintió el calor de su cuerpo al instante, el roce de su ligera barba contra el cuello, la firmeza de esos brazos que ahora conocía mejor que nunca. Cerró los ojos un segundo, solo para memorizar esa sensación: pertenecer.

—Y solos, al fin —murmuró él, en su oído.

No necesitaban más palabras.

Encendieron la chimenea, entraron las pertenencias de la muchacha y de su abuelo, qué había permanecido en la casa del pueblo terminando de empacar un par de cosas para instalarse en la cabaña después. Mientras tanto, Pedro aceptó sin más ayudar a su novia y subir con las maletas y alimentos.

El fuego chisporroteaba en el hogar mientras se desvestían sus abrigos sin prisa, sin urgencia. No era como la primera vez, ni como las veces siguientes. Era otra cosa: una forma de reconocerse, de saberse elegidos en medio del desorden del mundo.

La risa vino primero, cuando Heidi tropezó con una bota y Pedro se burló de su torpeza.

Decidieron subir, y si bien no llegaba el calor de la estufa hasta la habitación llena de heno, sabían perfectamente que no lo necesitarían.

La cama estaba intacta justo como la había dejado la última vez, el suave manto rozó con una de las piernas de Heidi al acercarse a ésta de espaldas, siendo acorralada por un joven mucho más alto y fuerte que ella.

Ambos subieron el vestido hasta quitarlo por la cabeza de forma lenta y tortuosa. Pedro estaba tan ensimismado con el perfecto rostro de la pelinegra que no se percató de la falta de ropa interior superior en aquel menudo cuerpo. Se quedó en shock unos segundos, sin reaccionar.

Mountain | Heidi&PedroDonde viven las historias. Descúbrelo ahora