25 (editado)

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(Conejo, bosque)

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(Conejo, bosque)




Explorar (parte 2)




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Estaba a punto de preguntar de nuevo lo que había susurrado, pero un pensamiento la detuvo. No quería quedar como una idiota. Claramente había oído bien, y sin embargo, no sabía qué responder a aquello. Su corazón latía con fuerza, golpeando casi al ritmo de su respiración contenida.

—Ya no me apetece estudiar —dijo Pedro, rompiendo finalmente el silencio, su voz cálida y cercana.

Heidi no sabía cómo responder a ese halago, a esa confesión que parecía flotar en el aire junto con el aroma tenue de los libros y la vela.

—¿No? —salió de su boca casi sin pensar. En realidad, tampoco quería responder nada, consciente de que cualquier palabra sería torpe ante lo que sentía.

Pedro negó con la cabeza, como si el simple gesto fuera suficiente para explicarlo.
—No puedo concentrarme así.

Las palabras flotaban, y Heidi no podía replicar nada. Solo le salían preguntas sin sentido, interrogantes que se perdían en la atmósfera cálida de la habitación.

—Y entonces...?

La pelinegra dejó de hablar cuando sintió un toque suave en su brazo derecho. La mano de Pedro se posaba sobre ella, recorriendo lentamente desde su muñeca hasta el brazo, casi rozando la piel, casi acariciándola, hasta detenerse en su mejilla. Fue entonces cuando Heidi dejó de sentirse paralizada para empezar a percibirlo todo: el aire cálido mezclado con la brisa fresca que entraba por la ventana, el aroma leve de la vela y los libros, y el aliento de Pedro chocando suavemente contra su rostro.

—Tu piel es tan suave —susurró Pedro, su mano explorando con delicadeza la curva de su barbilla antes de volver a su mejilla. Heidi se sentía embriagada por el tacto, por la cercanía.

—Heidi... quiero probar algo.

La joven de cabellos negros azabaches lo miró a los ojos, intentando salir del trance. Pedro la observaba con la mirada entrecerrada, profunda, cálida.
—¿Qué? —logró preguntar ella, apenas con voz temblorosa.

—Tú solo confía, ¿bien? Confía en mí —dijo el castaño, y por alguna razón, Heidi se sintió automáticamente convencida. Confiaba a ciegas en él, aunque no tenía idea de qué era lo que pretendía.
—¿Confías en mí?

Heidi asintió, casi sin pensar, y Pedro sonrió con esa mezcla de ternura y travesura que siempre la desarmaba.

Lo siguiente que sintió fueron sus labios sobre los de ella. Era un beso tierno, medido, lleno de una delicadeza que no había experimentado antes. Pedro siempre había sido cuidadoso, pero había algo diferente esta vez, un matiz de intención contenida, de descubrimiento compartido. Heidi sonrió internamente ante la suavidad de sus labios y correspondió con la misma delicadeza.

Mountain | Heidi&PedroDonde viven las historias. Descúbrelo ahora