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(Sobre de marfil, Dörfli)

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(Sobre de marfil, Dörfli)






"El sello"


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Si no fuera por el calor, Pedro jamás habría podido madrugar con tanta constancia. El bochorno lo despertaba antes que el canto del gallo, lo obligaba a ponerse en movimiento, a dejar atrás la pereza. En esas horas tempranas, cuando el sol todavía no golpeaba con toda su furia, alcanzaba a realizar la mayor parte de las tareas. Si no lo hacía entonces, el día se volvía insoportablemente corto. Como casi todos en su joven vida: días que pasaban sin preguntar, como si se consumieran demasiado pronto.

La habitación en la que dormía era sencilla, con lo justo y necesario. Una cama de madera firme, un baúl donde guardaba sus pocas pertenencias, una ventana estrecha que jamás cerraba del todo. La claridad entraba con tal ímpetu que, apenas abría los ojos, la temperatura ya rozaba los treinta grados. Una hoguera invisible se encendía en el aire, sofocando hasta el pensamiento.

Se incorporó de un salto, echó agua fría sobre su rostro y su nuca, y sintió el alivio inmediato recorrerle el cuerpo. Con el cabello empapado y revuelto salió al patio, dejándolo secar al natural. Caminó descalzo un par de pasos sobre la tierra húmeda de la mañana. Por un instante se permitió cerrar los ojos, como si pudiera engañarse y creer que aquella frescura duraría todo el día.

No quería admitirlo, pero el trabajo estaba casi terminado. La tierra ya había sido examinada y no hallaba problemas en el alimento. Sospechaba que el malestar de los animales venía del exceso de comida más que de la escasez. Había probado entonces una dieta especial con hierbas medicinales encontradas en el valle, y al parecer funcionaba: las reses mostraban una vitalidad distinta, los ojos más vivos, el pelaje menos opaco. El éxito le alegraba, pero al mismo tiempo lo inquietaba.

Porque aquello significaba que pronto tendría que marcharse.

Y no quería.

No por la comodidad de la casa, ni por la comida caliente en la mesa. Era otra clase de provecho lo que lo retenía allí: la hermosura del paisaje, las conversaciones cada vez más amenas, y sobre todo... la compañía. A ratos se descubría distraído, con la mente en otra parte. En otros momentos, esa misma mente lo castigaba, recordándole que quizás estaba comenzando a aprovecharse de algo más delicado que un techo o un plato.

Aunque ella siempre llegaba en el instante exacto para sacarlo de esos pensamientos.

Lia apareció por el sendero con un par de herramientas de jardinería en brazos. Su paso era ligero, pero firme; el sol le arrancaba destellos claros al cabello trigueño, y la frente le brillaba por el calor.

—Mi... —dejó las cosas en el suelo y se aclaró la voz—. Padre me pidió que te trajera esto, de su armario de chucherías. Quizá te sirva de algo.

Mountain | Heidi&PedroDonde viven las historias. Descúbrelo ahora