Todos conocemos a Heidi, la niña de los Alpes. Pero la infancia quedó atrás y con ella la ingenuidad. Ahora, adolescente, se enfrenta a cambios, responsabilidades y experiencias que la obligan a crecer. Entre la montaña y la ciudad, entre el pasado...
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(Carta, invitación)
Cartas
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Después de un par de días, cuando el cielo estaba completamente despejado y los caminos libres de ramas y barro, el abuelo y Heidi regresaron a su amada cabaña en lo alto. Pedro, ya recuperado, volvió a su rutina diaria de pasear a las cabras por los prados alpinos. Todo parecía volver a la normalidad... o al menos, a la versión de "normal" que era posible con Pedro cerca.
Un silbido agudo rompió el silencio de la mañana, mezclándose con el tintinear alegre de los cencerros de Blanquita, Diana, Bonita y Manchita.
—Me voy, abuelo —avisó Heidi, echándose al hombro su bolso con la comida.
—Adiós, ten un bonito día —respondió el viejo con una media sonrisa.
Heidi le devolvió la sonrisa y salió por la puerta. Abrió el corral y, como siempre, sus cabritas salieron disparadas como si las persiguiera un lobo imaginario. Ella las siguió, hasta encontrarse con un Pedro visiblemente despeinado.
—Buenos días —saludó él, con una sonrisa perezosa.
Heidi, en un acto de autocontrol digno de medalla, decidió no repetir la pelea eterna sobre su "peinado". Sin embargo, no pudo evitar mirarlo con ojos asesinos, lo suficiente para que él entendiera el mensaje. Pedro, captando la indirecta, soltó una risita.
—Buenos días —respondió ella caminando a su lado y lanzándole miradas de reojo.
—¿Qué? —preguntó Pedro, fingiendo inocencia.
—Nada.
—Dímelo.
—Odio tu cabello. Nunca me cansaré de decirlo. Y jamás, jamás me detendré. No hasta que lo peines —soltó Heidi de golpe, como si fuera una confesión que había estado conteniendo toda la noche.
—No estoy despeinado —se defendió Pedro, lo que solo provocó que Heidi lo fulminara con otra mirada—. Mi cabello tiene libertad de expresión.
—La libertad de expresión es un derecho humano, no un privilegio de tu pelo horroroso —retrucó Heidi, orgullosa de poder aplicar la clase de Historia y Derecho Suizo del invierno pasado.
Pedro, como si quisiera empeorar la situación, se quitó el gorro, tomó su cabello con ambas manos y lo despeinó aún más, moviéndolo en todas direcciones como si quisiera generar un pequeño huracán personal. Heidi se cubrió los ojos, desesperada.
—Nunca me peinaré en la vida —proclamó Pedro, sacudiendo la cabeza. Su cabello, algo largo, volaba hacia todas partes, como si tuviera vida propia.