Todos conocemos a Heidi, la niña de los Alpes. Pero la infancia quedó atrás y con ella la ingenuidad. Ahora, adolescente, se enfrenta a cambios, responsabilidades y experiencias que la obligan a crecer. Entre la montaña y la ciudad, entre el pasado...
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(cobertizo, casa de Dörfli)
"La decisión"
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A veces, lo que más duele no es la ausencia de amor, sino la falta de espacio para el amor que crece en otra dirección.
La mañana se despertó gris. El cielo estaba bajo, como si hubiera descendido para presenciar lo que iba a suceder. La nieve caía despacio, sin urgencia, y cada copo parecía quedarse suspendido un segundo antes de tocar el suelo, como si el invierno mismo quisiera retrasar lo inevitable.
En la casa, el aire era frío, pero no tanto por la temperatura como por el silencio. Pedro aún dormía, o fingía dormir, en su habitación. Heidi, en cambio, llevaba despierta desde antes de que amaneciera. No había podido volver a conciliar el sueño después de esa noche. Cada vez que cerraba los ojos, volvía a escuchar el eco de su propio jadeo, a sentir cómo el aire se le escapaba de los pulmones mientras la oscuridad de la habitación se cerraba sobre ella. El ataque de pánico la había sorprendido como un ladrón: repentino, cruel, dejándola indefensa.
Se había levantado de aquella bañera sin pensarlo, golpeando su cabeza con un borde que ahora no recordaba de dónde era. El dolor físico fue nada comparado con la sensación de vacío que la desgarró por dentro.
Había tomado la decisión horas antes, en la oscuridad, con la mano apoyada en el costado adolorido de su frente. Pero decirlo en voz alta frente a su abuelo era otra cosa.
Cuando entró en la sala, lo encontró de pie, frente a la ventana. Sus manos descansaban sobre el alféizar de madera, y su mirada estaba fija en las montañas blancas que, a pesar del paso de los años, seguían allí, inmutables. Heidi sabía que para él esas montañas eran más que paisaje: eran raíz, eran historia.
Se detuvo a unos pasos, observando cómo su espalda ancha y encorvada respiraba lenta, profunda, como si estuviera masticando un pensamiento difícil de tragar.
—Abuelito... —su voz apenas rompió el silencio, pero bastó para que él se tensara.
Él no se giró. Solo habló, grave, contenido: —¿Es ahora cuando me lo dices?
Ella tragó saliva. La conversación de la noche anterior con Pedro seguía ardiendo en su memoria, y ahora se mezclaba con el amor incondicional que sentía por el hombre que la había criado.
—Ya te lo dije antes... —comenzó—, pero no sé si me escuchaste de verdad. —Se acercó un paso más—. No me voy porque quiera irme de ustedes. Me voy porque necesito crecer sin quedarme atrapada en lo que me dio paz... aunque me duela. No quiero dejar de quererlos. Pero si no lo hago, siento que voy a dejar de quererme a mí.
Su voz era clara, firme, pero tenía un temblor escondido. No suplicaba. No lloraba. Era la voz de alguien que sabía que, si vacilaba, la decisión se rompería antes de nacer.