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Estoy enamorada hasta las trancas.

Estamos volviendo al hotel y de verdad que me estoy planteando dejar que Harry me la meta por el culo. A ver, si quiere. Porque después de la noche que hemos vivido... ¿cómo no iba a hacerlo?

Me ha dicho que me iba a encantar. Y me ha encantado.

¿Por qué?

Porque el muy cabrón me ha llevado a bailar river dance. En serio.

Te lo juro.

Nos había reservado una clase. Con un bailarín profesional de river dance. Y yo, junto a otros diez, me he ganado un certificado por haber completado el nivel intermedio de baile en la Academia de Baile Irlandés Acreas.

¿Pero ha terminado ahí la noche? Para nada.

Siguiente parada: cena. Pero no una cena cualquiera. Ha sido una cena con un espectáculo de improvisación. Teníamos que representar escenas de distintas épocas mientras cenábamos (¡no te lo vas a creer!) alitas de pollo.

Luego, hemos ido a un bar pequeñito que tenía luces de Navidad colgadas por todo el techo, el suelo de hormigón y una gramola muy vieja y solo se servía cerveza. Y no esas cervezas artesanas, no. Servían las buenas: Budweiser.

Hemos jugado al billar. Hemos jugado a los dardos.

Y si hubiese habido alguien más, quizá habríamos tenido una pelea de bar con ellos. Ha sido perfecto.

Harry Styles es perfecto.

¿La noche de hoy? Perfecta.

Y la noche es larga.

Llegamos al hotel y Harry encarna a la perfección al prototipo de ese chico: poderoso, un tanto

arrogante, camina con la barbilla alzada, la espalda derecha, es consciente de lo que le rodea. Ofrece un asentimiento cordial cuando es necesario. Se hincha un poco cada vez que lo llaman

«señor Styles».

«Bienvenido, señor Styles».

«Estamos encantados de que esté aquí, señor Styles».

«Las escaleras están por aquí, señor Styles».

Dieciocho pisos de escaleras más tarde (en los que no le he pedido que me lleve porque juro que iba flotando todo el rato), llegamos a la habitación, que parece la suite de lujo del César Palace en Las Vegas. No es que haya estado nunca, pero he visto Resacón en Las Vegas. Lo único que le falta a este hotel es a Mike Tyson al piano y a un tigre en el cuarto de baño.

No tenía ni idea que en Topeka, Kansas, hubiera habitaciones tan lujosas. Y no me extrañaría para nada que Harry hubiese llamado y la hubiese hecho construir solo para él.

Cuando se cierra la puerta de nuestra suite tras la marcha del pesado que nos seguía por esa mansión en miniatura para asegurarse de que todo satisfacía nuestras necesidades, me vuelvo hacia Harry y le pestañeo un poquito:

—¿Estamos solos por fin, señor Styles? Sus ojos me recorren de pies a cabeza.

Doy un paso hacia él y poso la mano en su pecho. Con un suave empujón, lo insto a echarse hacia atrás. Cuando se topa con la cama, se sienta.

—¿Le gustaría follarme, señor Styles?

Sin dejar de observar mis pechos, que ahora quedan a la altura de sus ojos, se lame el labio inferior y luego se lo muerde.

Me arrodillo y, con descaro, se la toco a través de los pantalones antes de bajarle la cremallera. La libero e inspiro su aroma fresco y varonil con un toque de su perfume. El rabo se le endurece enseguida. Se hace más grueso. Se alarga. Se agranda hasta que la piel que cubre ese autobús escolar que tiene está a un pelo de mis labios.

that man.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora