Nate Santoro tiene todo lo que puede desear, su propio negocio de vigilancia, grandes socios adinerados, y una mujer diferente en su cama. La vida de este adinerado magnate no será la misma después de conocer a Verónica Lewis, la hija adolescente de...
Y aquí tenéis el capítulo de hoy, espero que os guste. En este capítulo odio mucho a Nate, es un poco capullo y le hace cosas a Roni que no son las correctas, pero bueno, es necesario para lo que se viene después.
Disfruten de la lectura :)
Agarraos que vienen curvas, este capítulo es muy sexual. No apto para todos los públicos, palabras muy obscenas.
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La observé despedirse de sus amigas, después de que Carlos salvase la situación, interrumpiendo el intento de violación de ese capullo, me despedí de mi socio fingiendo estar agotado, aunque él me conocía demasiado bien, y me marché en taxi, dejando a mis chicos en el local, para que se divirtiesen.
Entró en el hotel, ante mi atenta mirada, ni siquiera pareció darse cuenta de que alguien la seguía, estaba demasiado afligida por lo que había estado a punto de suceder.
Las puertas del ascensor se detuvieron, cuando ella ya estaba dentro, y yo entré, luciendo despreocupado, como si no supiese que ella estaba allí, sintiendo su mirada en mi lado izquierdo, incrédula, como si no pudiese creer su suerte.
Tragó saliva, histérica, justo cuando yo ladeé la cabeza para mirarla, sonreí, al notarla tan turbada por mi causa. Era obvio lo que mi presencia provocaba en ella, ese deseo que sentía porque volviese a tocarla, a terminar aquello que empezamos aquella vez, en la habitación de un hotel.
- Así que... - comencé, con la vista fija en los números de las plantas, estábamos por la mitad de la octava planta - ... ¿ahora me persigues? – fingí - ¿qué pensaría tu padre si se enterase que su niña adorada está aquí, en Montecarlo, calentando a uno de sus socios? – negó con la cabeza, sin emitir sonido alguno, estallando a carcajadas, sin ganas.
- No le vas a contar nada a mi padre – porfió. Sonreí, mirándola de nuevo, observando cómo me agarraba de la corbata atrayéndome hasta ella, besándome con desesperación.
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La apreté contra la pared, divertido, agarrándola del cuello, echando la cabeza hacia atrás, observando como ella se quedaba muy quieta, sin dejar de mirarme.