No lo podía creer. Frente a mi se encontraba Michiru en estado inconsciente debido a la anestesia suministrada para la cirugía. Yo no tenía ni la más mínima idea de lo que le había sucedido pero no me preocupaba. Por ahora lo principal era salvar su vida y la de mi... bueno, la del bebé que crecía dentro de ella.
De inmediato, me preparé y con ayuda de un ecógrafo comencé a realizar una pequeña revisión. Necesitaba saber en qué condiciones se encontraba ese pequeño e indefenso ser, pero también deseaba corroborar lo que mi compañero me había comentado en cuanto me informó del ingreso de Michiru.
Después de analizar el tamaño del bebé, la cantidad de líquido amniótico, la placenta y todo lo que el instrumento es capaz de medir, determiné la edad gestacional.
Realmente me encontraba sorprendido. No sabía qué pensar ni qué decir. Efectivamente, el ecógrafo había arrojado cómo resultado un embarazo de 27 semanas, lo que en promedio equivaldría a siete meses.
Era un poco confuso, y al mismo tiempo, esta noticia creaba en mí un enorme sentimiento de culpabilidad, pues con este descubrimiento no había duda, ese bebé efectivamente llevaba mi sangre. Podía asegurarlo ya que nosotros teníamos unos cuatro meses de haber llegado de Londres.
No había posibilidad alguna de que Michiru hubiera tenido una aventura con nadie mientras vivíamos juntos ya que pasábamos la mayor parte del tiempo disfrutando de nuestra mutua compañía. Esto solo quería decir que ella ya se encontraba en proceso de gestación desde antes de realizar nuestro viaje.
No comprendo bien cómo fue que pasó, ya que siempre tomábamos las precauciones correspondientes al momento de tener intimidad. Aunque si lo analizo bien y recuerdo, en nuestra corta vida juntos hubo dos o tres ocasiones en las que el deseo nos ganó orillándonos a dejar a un lado la planificación familiar. Cómo buen ginecólogo, sé perfectamente que un mínimo encuentro es suficiente para procrear un nuevo ser, así que enfrentaría las cosas tal y como vinieran.
Estaba totalmente dispuesto a hacerme cargo de mi hijo, aunque en lo que a Michiru respecta, eso era un tema independiente. Mi única relación con ella sería por este bebé que estaba por venir al mundo y al que desde este momento le daría mi apoyo incondicional.
-¡Doctor! ¿Está listo?- la voz de la enfermera que me asistiría me hablaba para sacarme de mis pensamientos y mi concentración.
-Si- asentí para dar inicio al proceso de cesárea en el que después de aproximadamente treinta minutos obtuvimos un resultado satisfactorio. La salud de Michiru estaba en perfecto estado y yo, había traído al mundo a mi pequeña hija.
Así es, había tenido la fortuna de presenciar y ser participe del nacimiento de mi primera hija.
Los signos vitales de Michiru se mantenían estables, lo que me preocupaba ahora era esa pequeña. Siendo prematura su estado de salud era débil. Su piel era muy delgada, brillante y arrugada, no tenía un buen peso, sus uñas eran demasiado pequeñas, y sus ojos y sus oídos aún no estaban bien desarrollados.
En cuanto al funcionamiento de su organismo, el haber nacido antes de tiempo podría traerle algunos problemas, principalmente respiratorios y digestivos, así que lo primero que hice fue llevarla a una incubadora y colocar un par de enfermeras a su exclusivo cuidado y atención a las que les indiqué minuciosamente cuál sería el tratamiento que deberían seguir para que mi hija pronto se repusiera.
Una vez que la operación concluyó, esperamos un par de horas para que Michiru pasará un tiempo en el área de recuperación postquirúrgica, una pequeña sala contigua al quirófano en el que la había intervenido, para así seguir al pendiente de su estado general y brindarle los cuidados necesarios. Solo esperaba que ese lapso pasara y progresara adecuadamente para poder llevar a michiru a la planta de maternidad y poder hablar con ella para saber qué fue lo que le sucedió.
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La novia de mi hermano
Hayran Kurgu¿Triunfará la lealtad entre hermanos o el amor verdadero? Acompáñenme a averiguarlo...
