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“¿Desde cuando la vida tiene tanto sentido? ¿Desde cuando mi corazón se rebaja a un simple latido?
Sólo piel. Tu contacto y el mío, todo nítido. La primera vez me sentí abatido, ahora como un diamante derretido.
Pero, amor, jamás podría estar arrepentido.”

(...)

Erick regresó a Portland la segunda semana de enero. 

Atrás dejó unas vacaciones que estuvieron llenas de odio contenido, de la risa aguda de Louis y de la mirada enamorada de Harry. Porque, después de aquella noche, el de hoyuelos y cabello de la realeza se unió a los planes de dos locos que solamente querían emborracharse y chillar. 

Christopher casi le hizo una fiesta al llegar. Casi. Estaba demasiado emocionado. Erick al principio un poco, pero a los segundos se cortó de raíz. 

—Christopher, ¿Qué demonios es eso?

Chris se separó de su abrazo y siguió el camino directo, tenebroso y sombrío que conducía la mirada glauca de Erick. En la separación de la puerta de la limpieza y el salón, había algo que definitivamente ellos no habían acordado poner ahí. 

Chris se separó con felicidad. 

—¡Un piano! 

Erick lo miró sádicamente y desvió de vuelta la atención al instrumento de madera oscura, que brillaba como si tuviera una luna propia sobre él. Bajo las teclas había una banqueta de cuero, también negra. 

—¿Un piano?

—Sí, un piano. Sabía que lo tuyo no era la música, pero tampoco es tan complicado saber lo que es, cielo… Los pianos son cultura general. 

Él entrecerró los fanales en su dirección y dio un paso adelante. 

—¿Desde cuándo tienes mi permiso para meter un piano en nuestra casa? 

Chris sonrió. 

—Es un piano. Te puedo cantar canciones bonitas para dormir, ¿Quieres? ¿Te canto una nana? 

—Le prenderé fuego si me despiertas una sola mañana con ese trasto. 

—Entendido— afirmó, encaminándose hacia la banqueta alargada y dejándose caer ahí—. Regla número uno, no tocar por la mañana. 

—Regla número dos, no tocar cuando estoy en casa. 

—Pero Erick amigo, ¿Cuándo puedo tocar entonces? 

Erick cruzó los brazos en su pecho y arqueó una ceja. 

—¿Nunca? 

Chris frunció el ceño de manera infantil y alzó la tapa, dejando las teclas brillantes al aire. 

—¿Y si te canto una canción?

—Christopher, no te atrev-... 

—Ohh, compañero, compañero. Si me dejas tocar, te cocinaré algo de mero. De todos mis amigos, tú eres el primero. 

Erick lo observó tocar las teclas lentamente, mientras fruncía el ceño con consecuencia y se aguantaba la risa. Él en parte también lo hacía. 

Un reflejo del amanecer || Joerick Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora