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“Tratando que me quisieras terminé por enamorarme.
Mi más dulce y cruda verdad”


(...)


Erick se encontraba en su habitación. Estaba solo, pues al parecer a nadie le interesaba organizar ropa con él. 

Tenía demasiado desastre— alguna sudadera sucia por los muebles, la ropa interior desorganizada en los cajones, el armario abierto...—, así que esa mañana se había propuesto dejarlo todo limpio y aseado antes de bajar a comer. 

Mientras doblaba las sudaderas en la cama y las amontonaba en pequeños grupitos— separados por supuesto en con o sin capucha—, comenzó a pensar en lo que ocurrió la tarde anterior. 

Zabdiel fue a buscarlo y le pidió perdón. 

Dijo que Joel había hablado con él y le había contado lo que pensaba que ocurría, que terminó siendo un malentendido que ellos pudieron arreglar. 

—A Joel le importas, Erick— le había dicho el rubio después de su discurso. 

Claro que Erick le había perdonado. Hubiera sido estúpido no hacerlo teniendo en cuenta que Zabdiel sólo quería proteger a Joel. Él también se hubiera encarado con la persona que fuera si se enterara de que estaban usando al ojimiel. 

Cada vez que miraba a Zabdiel sentía que el rubio sabía tanto… Confiaba en Joel. Le había contado prácticamente toda su vida y estaba bien con eso, no creía que se lo hubiera dicho todo a su primo. Y ese era el problema. 

Zabdiel siempre lo miraba cálido. Siempre lo sostenía del hombro y le frotaba la espalda cuando se abrazaban. Siempre lo miraba y asentía, como si se estuviera confirmando algo a sí mismo que él no podía llegar a entender. 

Algunas veces era extraño. 

Luego se veía frente al mar, hablando o últimamente escuchando la voz de Joel. Todo era sereno y tranquilo. Se encontraba anhelando esa tranquilidad durante el día y exprimiendo la ventisca del infinito hasta que salía el sol de vuelta. Le gustaban las noches, ahora mucho más que cuando era pequeño. 

Por eso la mirada de Zabdiel era incierta; tanto o más que su declaración. 

Zabdiel siempre aseguraba que jamás hablaría por Joel. Era lo normal, vamos. Nadie tenía que robarle el vibrar de las palabras, por mucho que fueran familia y se quisieran como parte del contrario. 

Sin embargo Zabdiel de vez en cuando decía esas cosas, como que a Joel realmente le importaba Erick. ¿Y qué debía contestar él a eso? Solamente lo miraba y se preguntaba si sería Zabdiel el que había sacado esa extravagante hipótesis, o realmente Joel hablaba de él cuando los dos se despedían en la cúspide de la escalera cada mañana. 

Joel era tan tierno, tan diminuto y vulnerable… 

Erick lo imaginaba a los pies de su cama y se atrevía a delimitar con la luz del sol sus largas pestañas. Se atrevía a mirar sus pómulos y pintar una sonrisa en sus gruesos labios. Imaginaba su cabello revuelto y los rizos suaves que se formaban en la punta de cada mechón azabache. 

Y luego creía escucharlo hablar con Zabdiel sobre lo que habían hecho Erick y él, con esa sonrisa ancha y ese brillo en su iris miel. 

Pero nada sobrepasaba la realidad. Todo eran sus imaginaciones, mientras agarraba la ropa de un lado y la colocaba en otro. 

Estaba en ese momento buscando un par de perchas cuando la puerta de la habitación sonó. 

Erick no sabía qué alma generosa había ido a ayudarle, aunque no pensaba rechazar ninguna oferta. 

Un reflejo del amanecer || Joerick Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora