capitulo 5

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Genial. La primera noche que salía desde hacía tres meses y había ido a escoger un bar gay. Christopher Uckermann se apoyó contra la barra y miró a tres hombres que estaban cerca de él. Parecían modelos para un anuncio de ropa, igual que el resto de los hombres que había en el local. No parecía importarles que no hubiera ni una sola mujer cerca. Frunció el ceño y pidió una cerveza. Cuando el camarero se la sirvió, le preguntó:

-¿Qué es lo que pasa esta noche aquí?

-¿Señor?

Chris señaló con la botella a los hombres. Entonces, el camarero sonrió.

-Se trata de un equipo de hockey que se aloja en el hotel.

-Oh -dijo Chris, mientras pagaba su consumición-. Gracias.

Agarró la cerveza y se dirigió a la única mesa vacía que había en el bar y que estaba muy cerca de la pista de baile. Se sentó, pensando que al menos no era un bar gay, aunque, considerando el bajo porcentaje de clientela femenina, como si lo fuera.

No se podía creer que su amigo Poncho fuera a casarse. De los dos, se había imaginado que sería él el primero que sentara la cabeza, mucho antes que su inquieto amigo. Bueno, suponía que, en realidad, había sentado la cabeza mucho antes que Poncho, aunque su estilo de vida no incluía a una mujer. No había muchas mujeres a las que les interesara la vida en un aislado rancho, en el que se tardaba una hora sólo en ir al mercado. Una vez pensó que había encontrado a una, aunque no estaba dispuesto a volver a cometer aquel error. Pero Poncho...

Sacudió la cabeza y se tomó un buen trago de cerveza. Desde que era un niño, la madre de Poncho había tratado de meterlo en un molde que inspirara riqueza, poder y respeto. Sin embargo, aunque Poncho era capaz de llevar un esmoquin como si hubiera nacido con uno puesto, había decidido pasar el tiempo con alguien cómo Chris. Mientras que Poncho tenía el último modelo de jaguar, el quinto que había conducido desde que se hizo mayor de edad, Chris seguía con su viejo Chevrolet que se había comprado a los dieciséis años con el dinero que había ganado rompiéndose la espalda en el rancho de su tío.

Y mientras que Poncho había decidido dirigir los negocios de la familia, las Industrias Herrera, Chris se sentía satisfecho con las tierras que le había comprado a su tío hacía tres años. Le gustaba ensuciarse las manos y trabajar con el músculo en lugar del cerebro.

Sus posibilidades de encontrar una mujer de largas piernas que estuviera interesada en pasar un rato con él entre las sábanas parecían algo escasas con todos aquellos tipos por allí. Se dio cuenta de que una camarera se acababa de llevar un azote de uno de los tipos que había sentados en una mesa cercana. El gesto que se dibujó en el rostro de la mujer lo hizo sonreír. Tal vez, después de todo, sus posibilidades no estaban del todo agotadas.

Bien. Después de tres meses en las montañas, con nada más que curtidos jornaleros como compañía, necesitaba estar con una mujer. Tan pronto como fuera humanamente posible. Aquella misma noche. Esa era la única razón por la que había parado en aquel hotel para pasar la noche en vez de dirigirse directamente a la finca de su mejor amigo, Poncho Herrera.

Necesitaba aquella distracción antes de encontrarse con su amigo y escuchar todos los detalles de su inminente boda. Además, sólo pensar en Helena, la madre de Poncho, lo ponía enfermo. ¿Sería del agrado de la autoproclamada reina de Albuquerque que se hubiera cortado el cabello para la ocasión, en vez de utilizar una sencilla cinta de cuero para sujetárselo? Lo dudaba. Para ella, siempre sería el ofensivo muchacho que Poncho había llevado a casa cuando sólo eran unos niños, fuera cual fuera el modo en que llevara cortado el cabello

Miró a través de las pocas parejas que bailaban en la pista de baile para observar a la orquesta. El saxofonista no lo hacía mal... y la cantante estaba bastante bien. Estaba tratando de verla mejor, cuando tres mujeres pasaron delante de él, mejorándole mucho más la vista. Mientras tomaba un trago de cerveza, las observó atentamente. Evidentemente ,no las acompañaba ningún hombre. .

La que tenía el cabello negro tenía posibilidades. Movía las caderas de un modo que prácticamente garantizaba que sería una leona en la cama. Entonces, miró a la rubia. No estaba mal, aunque tenía en las mejillas y en los ojos un fuego que revelaba que se la podría animar a correr algún riesgo.

Dejó la botella encima de la mesa y se estiró para verle el rostro a la pelirroja. Tenía las manos levantadas y trataba de imitar los pasos de la morena... Entonces, hizo un movimiento brusco y se le cayó encima, sentándosele en el regazo.

Chris sonrió.

Bingo...

Amante desconocido  ***HOT***Donde viven las historias. Descúbrelo ahora