Dulce estaba sentada frente al enorme escritorio de Chris, mirando fijamente las notas que había escrito. Habían pasado tres horas desde que Chris la había besado hasta quitarle el sentido y le había contado el vínculo que le unía con Poncho antes de marcharse sin decirle adónde iba ni cuándo iba a regresar.
Se levantó de la silla y se dirigió a la ventana, desde que la que admiraba la meseta y los edificios que rodeaban al rancho. Poco antes, había observado embelesada cómo él cepillaba a un caballo. Luego, él se había quitado la camiseta y había comenzado a ejercitar al animal con la misma elegancia con la que el caballo se movía. Resultaba fascinante ver cómo bestia y animal se complementaban, en plena armonía.
Cuando Chris terminó, Dulce había tenido que taparse los ojos al ver que refrescaba al animal con la misma atención y dedicación que cuando la tocaba a ella.
En aquellos momentos, no se le veía por ninguna parte. Había visto cómo se marchaba a caballo, con su oscura melena flotando al viento.
Dulce se miró las manos y se dio cuenta de que, ausentemente, estaba dándole vueltas a su anillo de compromiso. Se preguntó por qué lo llamarían solitario cuando se suponía que tenía que simbolizar la unión entre dos personas. ¿No deberían ser dos diamantes de igual tamaño para que se reflejara mejor el significado de su unión? No podía dejar de pensar en lo solitaria que le parecía aquella piedra. Aislada..., De repente, le pareció que su anillo reflejaba perfectamente lo que estaba pasando.
Se apartó de la ventana. A pesar de la nota, estaba cada vez más claro que Poncho no había sido secuestrado ni que nadie se lo había llevado contra su voluntad. Más bien, parecía evidente que se había marchado voluntariamente. ¿Acaso para escapar de la boda? Cada vez parecía más probable.
Regresó a la mesa y tomó el teléfono que había encima. La llamada al móvil de Poncho, como siempre, no le sirvió de nada, por lo que llamó a otro número muy conocido. A los pocos segundos, oyó que su madre contestaba al teléfono.
-¿Mamá?
-Dulce, ¿eres tú? -le preguntó Blanca Espinoza, muy preocupada-. Llevábamos tiempo preguntándonos por qué no teníamos noticias tuyas. ¿Dónde estás? ¿Está todo preparado para la boda? He estado llamando muy frecuentemente a tu despacho, pero esa Mona no me ha ayudado nada. Ya sabes que no soy capaz de recordar tu número de teléfono móvil. ¿Necesitas ayuda? ¿Hay algo que podamos hacer?
Dulce se sentó en la silla y recordó lo felices que se habían sentido sus padres cuando les comunicó que se iba a casar con Poncho. Por eso, le aseguró a su madre que todo iba bien. Entonces, escuchó a su madre mientras ella le contaba los preparativos del viaje para toda la familia que vivía fuera.
-Hace tiempo que no veía a tu padre tan emocionado -concluyó Blanca.
-Mira, mamá...
-No te imaginas lo felices que nos estás haciendo, hija. Estás consiguiendo todo lo que soñamos para ti y mucho más.
Dulce se apoyó sobre el escritorio. Evidentemente, no se había corrido la voz de que Poncho se había marchado, que era lo que Helena Herrera había deseado desde el principio.
-Mamá...
-¿Qué es lo que pasa, hija?
Después de conseguir por fin el silencio que tanto deseaba, Dulce sintió que un nudo le atenazaba la garganta y le impedía hablar.
-Nada -dijo por fin, mirando el anillo de diamantes por última vez y colocando la piedra hacia el interior de la mano-.Tengo que dejarte...
Había estado a punto de contarle la verdad. Que Poncho se había marchado, que no iba a haber boda... pero no tenía fuerzas para hacer pedazos el sueño de su madre, al menos de momento. Sólo quedaban tres días para la boda. Decidió que Blanca siguiera gozando con aquel pensamiento todo lo que pudiera. Sin embargo, ¿y sus propios sueños?.
Volvió a darle a su madre su número de móvil y entonces colgó. ¿Acaso había tenido ella alguna vez un sueño?
Su atención volvió a dirigirse hacia la ventana. Cuando aceptó la proposición de Poncho, no se había imaginado un hermoso traje de novia o hijos. Veía la situación más bien como una fusión de dos grandes familias. Volvió a sentarse en la butaca. No podía culparse, porque, hasta ese punto, no había experimentado nada que pudiera comparar con la relación que tenía con Poncho.
¿Lo tenía en aquellos momentos? En aquel instante, se dio cuenta de lo superficial y egoísta que resultaba su compromiso.
Las dos cosas que más importaban a Chris era su vínculo con la Naturaleza y con los que amaba.
Su semental negro, llamado Ewtoto, relinchó. El caballo parecía estar diciéndole que se decidiera, que regresara a casa o que se dirigiera hacia el horizonte, de donde acababan de regresar. Ojalá Chris supiera cuál era la decisión que debía tomar...
Ewtoto volvió a relinchar. Chris se bajó lentamente del lomo del animal y ató las riendas a un cacto. Entonces, formó un bol con la tierra y echó agua de cantimplora para que el caballo bebiera. A continuación, se sentó y contempló al animal, esforzándose mucho por no pensar en la mujer que lo esperaba en el rancho.
La mujer de Poncho...
Clavó en la tierra el tacón de una bota y miró el rancho. Había pensado que conocía a Poncho como la palma de su mano, pero no era cierto. Cada información que Dulce y él iban descubriendo le hacía pensar si de verdad conocía a su amigo.
Ewtoto terminó de beber y acercó el morro a su dueño para que lo acariciara, algo que él hizo muy distraídamente.
Por supuesto, saber que Industrias Herrera estaba al borde de la bancarrota no ayudaba para nada en la situación. Deseaba no haber descubierto aquel detalle. Según le había contado su informador, un par de pésimas decisiones empresariales, de las que Poncho había sido directamente responsable, habían colocado a la empresa en situación de verse absorbida por otra empresa mayor. O peor aún, de cerrar sus puertas.
Resultaba muy clara la motivación que Poncho había tenido para escribir la nota del rescate que él había encontrado en la papelera. Se trataba de un plan que Poncho había preparado, y que había descartado después, para conseguir que su madre le proporcionara los fondos que necesitaba para salvar la empresa...
Ewtoto lo tocó con el morro una vez más.
-¿Qué me dirías tú si pudieras hablar, compañero? -le preguntó al caballo. Este relinchó suavemente, lo que hizo que Chris se echara a reír-. Lo siento, amigo, pero no te he entendido.
El caballo agarró las riendas con los dientes y dio un tirón. Entonces holló el suelo, como si estuviera dispuesto a marcharse a casa.
Chris volvió a mirar el rancho. Sí, tal vez el caballo tuviera razón. Tal vez iba siendo hora de que dejara de huir y volviera para enfrentarse a los hechos. Dios sabía que, allí sentado, no iba a conseguir nada.
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Amante desconocido ***HOT***
Roman d'amourDulce Espinoza siempre había tenido unas fantasías maravillosas. El problema era que esas fantasías jamás se habían acercado a la realidad... Hasta que se encontró a solas en un ascensor con el sexy Christopher Uckermann. Sin embargo, había otra cos...
