Orgullosa, ambiciosa y muy atractiva.
Esa es Irina Romanova.
Una mujer que aunque la vida la quiera avasallar, no se deja pisotear fácilmente.
Reconocida empresaria y dueña de varias empresas internacionales, Irina tiene todo lo que una chica de su...
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ETHAN:
Le mentí...
Soy un imbesil por jugar tan sucio con ella.
Mi objetivo era simple, engañarla, enamorarla y quedarnos con la empresa.
Pero algo salió mal: Ella
Yo fui quien se enamoró y empeoró todo, fui muy estúpido al pensar que ella no se daría cuenta y que también se enamoraría de mí.
Debo sacarla de allí
Camino por los oscuros pasillos de la mansión. La Cosa Nostra no es una mafia que se toma a la ligera. Por ahora están liderando a las familias más importantes y ricas de toda Italia.
Además de ser los enemigos más importantes de los rusos.
Desde que me uní no han hecho más que mandar y mandar, como si no valiera más que todos sus hombres juntos, saben el poder que tengo y es por eso que no me sacan, ni me asesinan.
Llego al despacho de Salvatore Maggadino, el nuevo Capo de Italia, mi nuevo jefe y ejecutor.
Juntos, hace años lideramos la emboscada que dejó débiles a los rusos, es por eso que Viktor me odia tanto, piensa que lo engañe para lograr mis propios objetivos.
En cierto punto es verdad...
— Pensé que ya no vendrías — habla despectivo
— Aquí me ves... — suelto desafiante
— Al parecer aun no aprendes tu lugar — suelta con asco, Carlo, el consigliere.
— Y tú sigues siendo el mismo lamebotas — ironizo.
Carlo viene hacia mí con la intención de golpearme, mientras me mantengo en mi lugar y con la cabeza en alto.
— Es suficiente — grita Salvatore autoritario — Ethan — se dirige a mí — ¡Te dí una tarea y tiraste tres meses a la basura! — grita — No pudiste hacer algo tan simple como enamorar a una mujer
— Los rusos...
— ¡La tienen! ¡Y ahora es la puta de Viktor! — golpea la mesa.
— ¡No te atrevas a hablar así de ella! — pierdo los estribos y voy directo a su lugar con la intención de golpearlo, pero Carlo se interpone en mi camino.
No es obstáculo para mí, por lo que le agarro del cuello de la chaqueta y en un movimiento rápido mi puño choca contra su rostro.
Cae al suelo y voy directo a Salvatore. Dos más me toman por detrás, inmovilizando mis brazos.
— Olvidé que te quitaron a la zorra... — se lamenta hipócritamente.
— Haré que te arrepientas bastardo — suelto con asco.