Capítulo 19

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Es la hora de cenar, y con Sam nos dirigimos al comedor.

—¿Quieres que tome algo por ti? —asiento, en busca de una mesa— De acuerdo, te traeré tu comida favorita.

Me siento en una mesa de dos y lo espero, con la espalda derecha.

—Traje la mejor comida, la mayor cantidad posible —dice sonriendo y sentándose a mi lado.

Deja las bandejas y me entrega una que tiene dos gigantes milanesas y una gran porción de puré de papas.

La de él en cambio, tiene cinco patas de pollo muy bien cocidas y condimentadas, y ensalada de rábanos.

—Son mi tentación —dice agarrando los cubiertos, al ver que observo su bandeja—. Después de tí, claro.

Sonrío y corto la milanesa en irregulares formas extrañas.

—¿Por qué tanta cantidad de comida? —pregunto frunciendo el entrecejo— Hay gente que se muere de hambre en otros países.

Sam hace una mueca con la comisuras de los labios.

—Es que tengo un plan para mañana. Saldremos afuera, por al menos cinco días. Así que debes comer todo lo que quieras ahora, ya que por ese tiempo no tendrás para almorzar ni cenar nada que te guste. Pero... si quieres venir, cabe aclarar.

Quedo boquiabierta. ¿Cómo no me avisó nada de aquello?

Sam me observa con las cejas levantadas.

¿Qué me preguntó? Unos segundos después contesto, desconcertada.

—Por supuesto que quiero ir, Sam. Sólo dime, ¿por qué quieres hacer esto?
—Pues... creo que soy débil. Y quiero probarme qué tan lejos puedo ir.
Asiento y sigo comiendo. Ya me  comí una milanesa.
Al terminar, Sam se va a dormir. Yo voy a prepararme para una ducha.

No sabía que se podía dejar el edificio en estas circunstancias, pero bueno. Quizás Sam ha hecho un trato. O firmado algún papel que autorice salir. O simplemente se pueda salir.

Apoyo la cabeza en la suave y acolchonada almohada y cierro los ojos. Estoy en paz. Hasta mañana, aunque sea estaré en paz.

¿A qué hora nos iremos? Espero que no muy temprano. Necesito desayunar muy tranquila, o si no vomito todo.

Sin pensarlo, me duermo.

—Otra vez aquí —retumba en la gran sala una voz grave—. Estás comenzando a cansarme.

Se ha vuelto débil, ¿por qué? De no ser así no podría hablar.

El rostro (Se me hace raro decirle Tuck) se proyecta por varios lugares alrededor mío.

Estoy en una gran sala. Tan grande que incluso parece de la realeza, por su decoración. Tiene tres candelabros de diamante en el techo.

—¿Qué quieres ahora? —pregunto a la nada— Ya está... sé cómo ganar. ¿Por qué no me dices lo que sucede...?

—Te sorprenderás al saber quién soy, a quién pertenezco —me interrumpe apareciendo frente mío. Me quedo inmóvil.

De repente, siento un pelaje recorriendo mis piernas. Miro hacia abajo y el tierno perro está acostado en mis pies.

—Esta vez no sucederá —se va hacia el perro y en verdad no sé lo que hace, pero su pelaje amarillento se va volviendo verde, hasta que desaparece.

Bien, debo concentrarme. Un poder, un poder...

—Escucha. Desde tu última visita no tengo las mismas fuerzas. Así que esto es más sencillo si puedo hablar. ¡Momento de confesiones!

Un día antesHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora