—¿Te parece si vamos a aquel tobogán? —me dice Sam señalando a un tobogán llamado Twister. Es con muchas curvas, y debe tirarte con un flotador, puede ir una persona o dos en el flotador doble.
—Prefiero ir primero a la piscina —contesto—, ya sabes...para acostumbrarme al agua. Pero mientras puedes ir tú... si quieres.
Sam me mira. Parece disgustado.
—¿Yo te invité, no? No debes estar sola —dice inclinando la cabeza.
—De acuerdo.
Acepto. Sam está con un traje de baño que consiste en una bermuda negra suelta con lunares de colores. Yo llevo la parte de arriba de una bikini blanca con rayas color turquesa y coral. Abajo un short negro.
Vamos hacia la piscina, teniendo que atravesar nuestra carpa con las cosas. Está repleta de gente, y el sol pega en nuestras caras haciéndome arder los ojos.
—¿Vamos? —me dice Sam.
Lo agarro de la mano y el me agarra de la mía. Nos miramos y nos hacemos una bolita. Saltamos y de repente siento el agua tibia tocándome las piernas y luego los oídos se me taponan. Salgo a la superficie del agua y Sam sale a los segundos.
—Genial —dice escupiendo agua—. ¡Guau!
Sonrío moviendo brazos y piernas para flotar.
—Si esto está bueno, imagínate lo que será tirarnos de un tobogán como ese —le digo señalando con la cabeza un tobogán enorme color amarillo. Los gritos de adrenalina y diversión hace que nuestra conversación no dure mucho.
Estamos saliendo para echarnos en la reposera. En este momento soy feliz. Pero... Rory aparece con un chico al que nunca había visto. No parece alegrarse al vernos. Es más, parece todo planeado.
—Vaya vaya. ¿Día de novios? —dice con un tono burlón.
¡Dios! ¿Por qué este tipo tiene que estar en cada lado que voy? Parece que Rory quiere... ¿Humillarme? ¿Herirme? No... No sé que palabra usar.
Rory esboza una sonrisa de costado.
—Él es Timoty —dice Rory señalándolo con la cabeza—. Pero todos le decimos Timmy.
El chico tiene la cara como apagada, cejas gruesas, ojos negros, y un pelo negro peinado hacia el costado. Un aro le cuelga del labio inferior.
—Hola —digo, mirando a Timoty.
Él me hace una aprobación con la mano desocupada, porque en la otra tiene un cigarrillo. Con el calor que hace, viste unas bermudas negras más largas que sus rodillas y unas ojotas negras y grises. Tiene un collar de piedra largo y blanco, lo único de color que veo en él.
Mientras que Rory tiene el pelo rubio, ojos verdes y una sonrisa cada vez que lo ves. Su bermuda es roja y amarilla, y es mucho más corta de lo normal. Sigue siendo desagradable. Veo un tatuaje de un sombrero negro en la tibia de Rory.
—Oh, ¿te gusta? —Me ve observando su tatuaje— Es un sombrero mafioso.
¿Por qué no se van ya? —pienso.
Sin embargo, hay algo que me carcome el cerebro desde ayer a la noche. No pienso dejarlo escapar, ésta vez no.
—Rory —lo encaro directamente— ¿Qué quisiste decir el otro día con eso de los lobos?
Rory parece incomodarse. Lo mira a Sam y luego a mí. Así que me doy cuenta y digo:
—Sam, ¿qué tal si vas a comprar unas gaseosas?
Sam asiente y se va. Es raro que acepte así nada más, puesto que desconfía de Rory.
Lo observo mientras camina, camina... ya no oirá nada.
—Ahora sí —digo.
Timoty (no pienso decirle igual que los amigos de Rory) está sentado en la sombra, callado, escuchando música con los auriculares.
Rory suspira. Sigue mirando hacia todos lados menos a mí, lo que me incomoda un poco.
—Escucha, aun no lo puedo decir aquí. Déjame tu número.
Alzo las cejas y corro la mirada.
—No lo sé. Después me llamarás todos los días, porque eres insoportable.
Rory revolea los ojos y se muerde el labio inferior, impaciente. Me encanta hacerlo sufrir.
—Enserio, yo...
—No lo sé...
—¡Colabora! —masculla.
Respiro profundo. Si de verdad quiero saberlo, no pierdo nada con darle el número.
Le canto el número y lo anota en su mano. Ojalá que se meta a tantos toboganes y que se le borre el número de la palma de la palma de la mano.
—Adiós —digo alejándome con apatía.
—Catalina —Rory me habla de nuevo cuando me estoy yendo y me doy la vuelta —. Te prometo que no me dejaré llevar por mi instinto.
No le presto atención y busco a Sam. Luego se para delante de mi.
—Oye —me dice Sam—. Tuve que recorrer todo en busca de un negocio abierto. —Me entrega el agua.
—Gracias.
—¿Qué pasó con Rory?
Levanto las cejas. Rory, pss, qué cosas no pasan con Rory. Es desagradablemente desagradable. No sé cómo a algunas chicas les gusta.
—N-nada. Se fue. T-tengo f-frío —miento.
—¿Frío? Pero si apenas hay sombra —dice Sam mirándome con el ceño fruncido—. Como sea, no hay nada que unas hamburguesas no curen. Vamos.
Agarro del brazo a Sam y nos vamos hacia nuestra carpa naranja con el número "15" en la parte frontal de la tela. Al llegar, tomo mi toalla y me envuelvo en ella. El frío de mentira va disminuyendo.
Sam saca de nuestra bolsa dos paquetes de patys. Yo saco el pan y los aderezos.
—¿Puedes prender el fuego? —le pregunto sonriente.
Sam alza las cejas y abre la boca. Hace un movimiento gracioso con la cadera y se pone una mano en la cintura. Me señala con el dedo.
—Estás hablando conmigo, ¿quién crees que soy?
Es cierto. Todos los fines de semana, Sam viene a mi casa a preparar carne asada. Sé perfectamente que sabe prender un fuego. Porque no todos saben, es decir.
Se dirige a la parrilla y acomoda las ramitas.
—¿Tienes un encendedor? —me pregunta al cabo de un rato.
Me levanto del asiento y voy a su lado. Sonrío.
—¡Eso es trampa! Además, ¿Por qué tendría yo un encendedor? —le pregunto.
Sam hace una mueca y niega con la cabeza.
—No lo sé —dice—, pero me asustaría mucho verte con un cigarrillo. No tienes unos labios tan delicados para desperdiciarlos con eso. Además, eso no te hace nada bien. —Sam empieza a levantar la voz. En cuanto dice eso, me doy cuenta que mi comentario fue un error. Su tío, el único que le prestaba algo de atención, falleció porque fumaba dos atados de cigarrillo por día. O sea, ¿cómo puedes fumar cuarenta cigarrillos en un día?
—Tranquilo —le digo—, está bien.
Sam pudo encender perfectamente el fuego, así que pone los patys. Al cabo de unos veinte minutos están listos. Corto el pan —me corto el dedo también, pegando un salto— y pongo los patys cocidos en él, les coloco mayonesa y ketchup, y a penas un poco de mostaza.
Servimos Coca Cola y comemos.
—Bueno, vamos al Twister —le digo a Sam luego de comer. Es una tontería eso de "debes esperar una hora después de comer antes de meterte al agua". Además, no estaremos en la profundidad para que suframos de un calambre y nos ahoguemos.
Vamos al tobogán, nos dan un flotador doble y subimos las escaleras. El chico nos enseña como ubicarnos. Sam se pone atrás y yo adelante. El chico nos empuja y nos adentramos en el ondulado y oscuro tobogán. Como es cerrado, nuestros gritos resuenan en mis oídos. Oscuridad... adrenalina... gritos...
—¡Estamos por salir! —me grita Sam en medio del ruido del agua salpicándonos.
Estamos saliendo de la oscuridad que nos rodea cuando doblamos de repente y nos salpica un buen charco de agua.
Yo me río, no escucho a Sam. Por desgracia salimos del tobogán y hay un chico esperando para recibir nuestro flotador.
—¡Fue genial! —digo. Pero no me doy cuenta de algo, no me doy cuenta que el chico está atendiendo a Sam, que tiene un corte profundo en la rodilla y la espalda toda abierta.
La sangre sale sin parar, ensuciando el agua de la pileta donde caímos.
Siento que empiezo a marearme, me falta el aire. Antes de que se me nuble la vista, tres personas más vienen corriendo hacia nosotros.
Me caigo en la pileta ensangrentada. Finalmente cierro los ojos. Un par de personas tratan de ayudarme sin éxito.
Despierto en una sala húmeda bastante amplia, tapada con una sábana y una frazada. Hace mucho frío en la sala, pero me mantengo caliente mientras esté tapada.
Hay un baño. Del otro lado de la sala hay un gran ventanal, y una sala idéntica a la que estoy yo. En la cama hay una persona. Me desengancho el suero y me acerco al ventanal . ¿Dónde estoy?
Puedo reconocer a la persona. Es él. Es Sam.
Yo tengo los dedos de los pies entumecidos por el frío. Al lado de la cama donde desperté hay una pequeña cómoda marrón con dos cajones. Abro el primer cajón y contiene un uniforme blanco y gris (mayormente gris), ropa interior, una toalla gris, shampoo y acondicionador.
Abro el segundo cajón y éste tiene un cepillo de dientes, crema humectante, cepillo para pelo, crema de peinar, papel higiénico, desodorante y perfume.
Me toco el pelo y está duro. Siento tierra hasta debajo de las uñas. Decido darme un baño caliente. No sé dónde estoy, pero quiero bañarme. Saco todo de los cajones y coloco las cosas en la cama, menos la toalla, shampoo y acondicionador, que los llevo al baño.
Prendo la ducha y me quito la ropa toda sucia. No es la ropa que tenía en el parque, si no que es un pantalón de buzo gris y una remera manga corta gris. No entiendo por qué todo es gris, pero no es lo que me preocupa. Me meto en la ducha y me relajo. Me lavo mi largo pelo, me enjuago y me enjabono.
Finalmente salgo de la ducha y me envuelvo en la toalla gris. Voy caminando descalza hasta la cama y me siento en ella. Me visto con el uniforme y unas zapatillas deportivas grises que encuentro. Me seco el pelo con la toalla y me desenredo, luego me pongo un poco de desodorante.
Miro por el ventanal y Sam está boca abajo durmiendo. Imagino que será por su espalda abierta. No entiendo cómo él se ha lastimado tanto y yo solo obtuve un raspón. Decido salir afuera.
Me dirijo a la puerta (gris) y apoyo la mano en el picaporte. Doy un suspiro y abro la puerta. Salgo afuera y hay un largo pasillo con las paredes azules y el suelo negro.
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Un día antes
Science FictionCatalina no puede creer que las personas que viven en el edificio que se encuentra ahora por accidente no son completamente humanas. Si ella está allí, quiere decir que tampoco es 100% humana. Ella es atormentada en sueños por Tuck Hapelly, alguien...
