Nunca creyó que él llegaría a romperle el corazón.
Madison creía que el primer amor sería perfecto y que Dylan, el chico de sus sueños, nunca llegaría a romperle el corazón. Pero lo único que necesitaba era algo que la devolviera a la realidad.
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El sábado por la mañana me desperté con la sensación de que todo lo que había pasado estos últimos años solo había sido un mal sueño y que mi madre estaba bien, pero en cuanto abrí los ojos supe que nada había cambiado.
Otro día más, me encontraba tumbado en el sofá de la habitación del hospital y mi madre se encontraba, a mi lado, en la camilla.
Desvié rápidamente la mirada y apreté los labios, conteniendo las ganas de llorar. No soportaba verla tan apagada. Me incorporé lentamente y abrí la mochila para buscar la carta que me había entregado mi padre el día anterior, antes de irme al instituto.
Encontré el sobre en uno de los bolsillos. Lo abrí y comencé a leer lo que contenía en su interior. Era una citación para acudir al juicio en el que se dictaría una sentencia firme para el culpable del accidente que tuvimos mi madre y yo.
Hace tres años encontraron a un hombre de unos cincuenta años estacionado en una gasolinera cercana al lugar del accidente, con el capó y el parachoques delantero totalmente destrozados. Tras analizar las pruebas, las cámaras de seguridad y el coche, confirmaron que aquel hombre era el culpable del accidente. Fue condenado por conducir bajo los efectos del alcohol, por conducción temeraria y por habernos abandonado a nuestra suerte.
Los nervios se apoderaron de mi cuerpo solo de recordarlo y empecé a sentir una opresión en el pecho horrible. Estaba comenzando a marearme y necesitaba salir de la habitación.
Recorrí los pasillos del hospital hasta el jardín exterior, donde reinaba el silencio y la paz. Arrugué el papel y lo lancé al suelo con toda la fuerza que pude. Librarme de él me permitió respirar hondo y relajar mi cuerpo.
—¡No puedes hacer eso! —gritó alguien a mi espalda. Extrañado, me giré para descubrir de quien era esa voz y me encontré con una chica agachada en el lugar donde había tirado el papel. Lo cogió y al levantarse pude ver perfectamente quién era.
—¿Nora? —pregunté sorprendido.
—¿Dylan? —Miró el papel que sostenía en sus manos y después a mí—. Creo que esto es tuyo. —Se acercó y me tendió su mano para que cogiera la bola de papel—. Deberías pensar más en el medio ambiente y no tirar papeles al suelo, sobre todo cuando tienes una papelera a tu lado.
—Lo siento, estoy cabreado e iba a tirarlo en cuanto me calmara un poco. —Algo hizo clic en mi cerebro y caí en la cuenta de que no tenía porqué darle ninguna explicación—. Espera un momento, no tengo porqué darte explicaciones.
Tiré el papel a la papelera y comencé a caminar de nuevo hacia el interior del hospital.
Cuando entré en recepción, me di cuenta de que Nora me seguía. Aligeré el paso y entré en la sala de espera, con la intención de despistarla, pero Nora entró detrás de mí y se sentó en una de las sillas.
—¿Por qué me estás siguiendo?
—No te estoy siguiendo —dijo con el ceño fruncido y los brazos cruzados sobre el pecho—. Estoy esperando a que mi hermano salga de rehabilitación.