35 | Madison

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El dos de marzo podría haber sido un día normal, pero no lo era

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El dos de marzo podría haber sido un día normal, pero no lo era. Ese mismo día, hace siete años, perdimos a mi padre. A su entierro acudió mucha gente. No conocía a la mayoría, pero estaba muy agradecida de que hubieran venido a acompañarnos y a darnos el pésame.

Todavía recuerdo cuando encontré a mi padre tirado en el suelo de su habitación, inmóvil y sin respiración. Las manos me temblaban y las lágrimas no paraban de caer por mis mejillas. Llamé a una ambulancia y mientras llegaba, me incliné sobre él e intenté reanimarlo, sin embargo, ya era tarde.

Me costó bastante tiempo superar la muerte de mi padre y conseguí salir adelante gracias a mi madre y mi hermano que, aunque no estuvo con nosotras, fue un gran apoyo.

Pasó un año hasta que visité por primera vez su tumba y desde entonces, lo hice más a menudo. Mi madre no la había visitado desde el funeral. Según ella, no se sentía preparada para hacerlo y aunque respetaba su decisión, me dolía no poder compartir un momento tan doloroso con ella.

Antes de ir al cementerio, compré un ramo de lirios blancos, las flores favoritas de mi padre. Nada más verlas, recordé el verano en que mi padre plantó lirios de distintos colores en nuestro jardín. Aunque los cuidó con esmero, se terminaron marchitando. Nunca tuvo un don para las plantas.

Erika detuvo el coche en la puerta y entré en el cementerio. Pasé al lado de un par de tumbas hasta llegar a la de mi padre. Sujeté el ramo con fuerza y lo dejé enfrente de la lápida de mármol blanco. Me puse en cuclillas y leí detenidamente lo que había escrito.


Marcus Morgan Foster

10 de septiembre de 1975 - 2 de marzo de 2010

Nos enseñaste a vivir y disfrutar la vida como si cada día fuese el último. Siempre te llevaremos en nuestro corazón.


Me senté en el césped y dirigí mi mirada al cielo. Estaba cubierto de nubes grises y parecía que iba a llover en cualquier momento.

—Te echo mucho de menos, papá. —Las lágrimas comenzaron a recorrer mis mejillas—. Las cosas en casa no van bien últimamente. Mamá ha conocido a alguien y está muy distinta. Me prometió que hoy vendría conmigo, pero está demasiado ocupada con su nuevo novio como para venir a verte.¿Tal vez ya ha pasado página? —Me limpié las lágrimas con la manga del abrigo antes de continuar—. Yo no puedo, te necesito.

Erika se sentó a mi lado y rodeó mi cuerpo con sus brazos.

—¿Estás bien? —Me apartó un mechón de pelo de la cara y acarició mi mejilla.

—Sí, he podido desahogarme un poco.

Erika se levantó de un salto y me ofreció su mano para ayudarme a levantarme. Regresamos al coche, que estaba aparcado a la salida, y me subí al asiento del copiloto. Erika arrancó el motor y apagó la radio para que pudiéramos hablar con tranquilidad durante el camino de vuelta.

—Gracias por traerme —le dije en cuanto detuvo el coche enfrente de mi casa—. ¿Nos vemos mañana?

Erika asintió y se despidió de mí con un beso en la mejilla. Bajé del coche y esperé a que su coche desapareciera al final de la calle, para dar media vuelta y dirigirme a la puerta de mi casa. Cuando entré en casa, todo estaba en completo silencio.

—¿Mamá?

—¡Estoy en la cocina!

Asomé la cabeza por la puerta y me encontré a mi madre sentada en un taburete con los brazos escondidos en su espalda.

—Siéntate, cariño. Tengo algo que decirte.

Obedecí y me senté enfrente de ella.

—¡Sorpresa! —Mi madre extendió su mano izquierda sobre la mesa para mostrarme el anillo dorado que cubría su dedo anular—. ¡Will me ha pedido matrimonio y le he dicho que sí! ¿Qué te parece la noticia?

Abrí los ojos sorprendida y me quedé sin palabras.

—Cariño, ¿estás bien? —Se acercó a mí y apretó mis manos haciéndome volver en mí.

—Me alegro mucho por ti, mamá. Es una gran noticia.

—¿Sí, verdad? Después de tu padre, nunca pensé que encontraría a alguien que me quisiera tanto como él —dijo con una sonrisa en los labios—. Tengo que pedirte un favor. Necesito que me acompañes a casa de Will, esta noche vamos a darle la noticia a Dylan.

—Cuenta conmigo.

Esa noche condujimos a la casa de Will. Carmen nos abrió la puerta y se hizo cargo de nuestros abrigos. La mesa del comedor ya estaba puesta y llena de platos de comida.

—Ya habéis llegado —dijo Will nada más entrar en el comedor. Mi madre se acercó a él y le dio un beso en los labios.

Nos sentamos a la mesa y Dylan no tardó mucho en hacer acto de presencia, se sentó a mi lado e intercambiamos miradas.

—Dylan, nos gustaría decirte algo.

—¿A mí? —preguntó sorprendido.

Will unió su mano con la de mi madre y le mostró a su hijo el anillo de compromiso.

Dylan no reaccionó bien a la noticia. No dijo nada al respecto, simplemente, arrastró la silla por el suelo y abandonó el comedor. Cogió las llaves de su coche y salió de la casa dando un portazo.

Su padre hizo el amago de ir tras él, pero mi madre lo detuvo.

—Necesita asimilarlo, dale espacio. —Will asintió con la cabeza y besó la mano de mi madre.

No temas al amorDonde viven las historias. Descúbrelo ahora