•Capítulo Trece•

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—¿Ya revisaron el piso entero?— preguntó aferrada del brazo de uno de los guardaespaldas.

—Si, señora— uno de los hombres asintió.

—No me... Ay, ya qué—bufó— entremos. —Soltó el brazo del pobre hombre y entró a paso firme, se detuvo y miró a los hombres que esperaban órdenes. —Pueden volver a trabajar—. Subió a su habitación para dormir.

***

—¡¡MICHA!!— gritó asustada en medio de la madrugada; al pobre hombre casi se le sale el corazón.

Como estaba en la puerta no tardó nada en entrar. —Señora, ¿está bien?

—¿Te puedes quedar en la puerta y no irte?— preguntó asustada.

El disimuló su sonrisa—Claro señora, descanse, no la dejaré sola.

***

—¿Que necesita?— la secretaria entró a la oficina.

Marlowe se paró del sillón.

—Me han llegado quejas de que no cumples con las normas en la cafetería, que discutes con las que sirven porque quieres llevarte todo rebajado por ser la secretaria de la presidenta. Cuando salgo te han visto más de una vez sentada en mi sillón y dando órdenes a quienes no están bajo tus órdenes. Te pedí informes hace una semana de todos los departamentos y aún no están—la secretaria empezó a temblar— Explotas a los nuevos y ofendes a los mayores, por favor, recoje tus pertenencias y abandona el edificio cuanto antes, estás despedida.

—Señora, y-yo...— intentó justificarse.

—Adelante— le dió la oportunidad— Dime porqué haz estado haciendo todo esto.

—Es que... y-yo... uste...

—¿Vez? No tienes justificación, fuera.

La chica dió dos pasos hacia ella—Usted se cree la gran cosa por tener un edificio y a personas bajo su poder.
No es nadie y no lo será, fenómeno que da asco— escupió.

—¡Adam!—el ingresó de inmediato— Sácala de aquí, que no vuelva a pisar este edificio. Ahora.

Se inclinó un poco— Si, señora.

—Mira como los tienes—se mofó— ¿con qué le pagas?—la miró de arriba a bajo con despecho— aunque no creo que haya mucho con lo que pagar.

Marlowe sonrió y se le acercó tanto que sus pechos casi chocaban.

Sonrió.

—Cariño, un gusto ser tu última jefa, te aseguro por lo más valioso que tengo, tú no serás más que polvo en Sydney, nadie sabrá quién eres. Adam, sácala.

Dicho y echo, Samira abandonó Australia una semana después al no ser reconocida en ningún trabajo.

Y no, no la borró del mapa, simplemente, solo tiene que mencionar su nombre para tener el mundo sirviéndole.

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