Acompañado de su silbido, caminaba al entonar algo alegre que calmara sus impulsos más profundos. La recuperación estaba siendo más lenta de lo que había intuido, podía parecer fuerte por fuera, pero la fuerza que podría desprender de su cuerpo solo sería un remanente de su verdadero poder, mentalizándose para no perderse en pensamientos inútiles y deprimentes. Sus pasos disminuyeron su intensidad al entender que su destino estaba cerca. Exhaló profundamente, abriendo la puerta y aceptando lo que se avecinaba con mucho nerviosismo, prefería enfrentar nuevamente a la bestia Antigua que soportar lo que estaba por venir.
El interior de la posada estaba cálidamente alumbrado por un par de antorchas colocadas estratégicamente en los pilares de madera del recinto, apoyadas por dos tragaluces, largos y estrechos, pero con una gran eficacia al cumplir con su cometido.
--Gustavo. --Dijo alguien en la lejanía, con un tono melodioso y tranquilo, que denotaba una sutil alegría.
El joven apartó la mirada del centro de la sala, llevando su vista a la derecha, al lugar donde los comensales disfrutaban su comida, encontrándose con una pareja de individuos, un hombre y una mujer, muy distintos, pero a la vez idénticos. Aquellos dos individuos eran los únicos en el interior de la posada, aparte de él. Se acercó con una sonrisa amable, sentándose al ser invitado.
--Buenas. --Dijo, asintiendo de manera ceremonial.
--Extrañaba tus palabras raras --Sonrió de oreja a oreja, manoteando la mesa por la alegría que no lograba guardar dentro de sí--, muchacho --El brillo se apagó casi de inmediato al notar la incertidumbre en su cara--. Entonces es verdad, no nos recuerdas. --Se recargó en el respaldo de la silla, gesticulando una mueca de pena.
--Lo siento, pero no. --Respondió sinceramente, sin un cambio verdadero en su rostro.
Amaris guardó silencio, sirviendo con sumo cuidado una taza de madera con un líquido tenuemente amarillento, caliente y, con el mismo cuidado lo envío a las manos del joven, quién agradeció con la mirada, aceptando la cálida bebida.
--¿Puedo preguntarte algo? --Le resultaba un poco incómodo hablar de manera formal con aquel joven con el que años antes ya había entablado una amistad.
--Adelante. --Respondió al bajar la bebida, lamiéndose los labios para refrescar su lengua de la repentina quemadura.
--¿Cómo perdiste tus recuerdos?
Amaris quiso intervenir, pero la curiosidad sobre lo que había sucedido aquel día todavía le carcomía la cabeza, mostrándose interesada por las palabras siguientes que estaban por salir de la boca del joven.
--La verdad --Miró a Kenver a los ojos--, no lo recuerdo muy bien... Porque para mí, nunca los perdí --Dijo no muy convencido--. Debo ser honesto que me resulta complicado vislumbrar con claridad las personas que conocí en Agucris, algunas tan extrañas como sombras en la oscuridad y, aunque me resultaba un poco extraño, jamás le presté demasiada importancia.
Amaris golpeó la mesa, incapaz de soportar su frustración y enojo, pero se limitó a sonreír forzadamente, mientras miraba a Gustavo y a su padre.
--Demasiado extraño, diría yo.
--Concuerdo --Asintió--, cuánto me gustaría poder recordarlos --Observó a la dama de semblante pétreo--, lo digo de corazón.
--Entonces ¿Tus palabras también las olvidaste? --Su mirada se tornó brumosa, mordiendo gentilmente su labio inferior.
--¿Qué palabras?
Amaris inspiró esporádicamente, sintiendo el repentino peso de una montaña sobre su pecho, adolorido como nunca. Tragó saliva, queriendo abandonar cuánto antes el lugar, pero la mano de su padre en su pierna la devolvió a la realidad, recuperando casi instantáneamente la compostura.
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El hijo de Dios Vol. III
FantasySecuela del segundo volúmen del libro: El hijo de Dios. La muerte camina a cada paso que da, el dolor no abandona su cuerpo y, las pesadillas no disminuyen, sin embargo, ahora no está solo, tiene nuevas compañeras que comparten su sendero, en busca...
