Extra II: Emirhan.

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[Emirhan, 10 años]

La regla de madera otra vez impacta en mis manos. Tengo la mandíbula apretada.

Duele, pero ya no tanto como las otras veces.

Las siento hinchadas, como si fueran a reventar. Además siento que palpitan al ritmo de mi corazón.

Uno. Dos. Tres golpes más.

Aún que debo agradecer que no me molió a golpes y que solo destruyo mis manos. Muy considerado de parte de mi padre.

No debo llorar. Un hombre no tiene el derecho de hacerlo.

Si lo hago, de seguro va a golpearme hasta cansarse. Ya lo he vivido antes. Aún recuerdo a mi madre llorando pensando que me había matado a golpes.

Me muerdo la lengua, debo concentrarme en ese dolor y no en el de mis manos.

Siento mis ojos llenos de lágrimas. No puedo derramar ninguna. Comienzo a sentir frustración.

Y justo cuando creo que la primera lagrima caerá, mi padre se detiene.

Casi suspiro de alivio. Pero no lo hago, no quiero que vea que sus golpes aún me afectan.

Me observa.

—Tienes que ser el ejemplo. El mejor. Ya tienes 10 años, Emirhan.

—Si, padre.

—Espero que nunca más te encuentre ayudando a alguna desgraciada a no ser castigada. A ti te respetan y harán lo que tú digas a pesar de tu edad. Pero tú debes serle fiel a la reglas de esta tribu. No a ese maldito sentimiento de compasión. Eso te convierte en débil. Yo no quiero un hijo débil. Lo detestaría. Largo.

Me moví a paso firme hacia el baño. Necesitaba meter mis manos bajo el agua.

Ayude a una niña que era menor que yo. Estaba jugando con un niño sin nadie que los observara, pero solo hacían eso, jugar. Hasta que llegó ese hombre y agarró a la niña del brazo y la comenzó a zarandear.

Yo lo seguí, al parecer era su padre. Le gritaba y la señalaba con el dedo.

—Maldita sea, ¡Te he dicho que no salgas de casa!, menos a juntarte con ese mocoso. Si eres ahora así, no quiero ni imaginar los problemas que me traerás de grande.

Comenzó a golpearla y ella a llorar. Me recordó a los golpes de mi padre, y una ira me invadió.

Yo soporto los golpes, pero esa niña no creo que lo haga tan bien por la forma en que llora.

Me acerqué a ellos.

—Espera que lleguemos a casa, Aydan. Ahí vas aprender a no desobedecer.—Le seguía gritando, no se había dado cuenta de mi presencia.

—Señor. Deje de golpearla.—Hablé, fuerte y claro.

Él se giró hacia mi, sus ojos se agrandaron ligeramente y paró de hacer cualquier movimiento.

—Oh, Emirhan. Solo la estoy corrigiendo, no te preocupes.—Casi que me sonreía.

Iba a decirle que deje de hacerlo pero alguien posó su mano en mi hombro.

Mi padre.

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—Mujer, te dije que quería la cena servida a las 6 en punto. ¿Donde está?.—Mi madre observa a mi padre muy asustada.—¿Que más tienes que hacer además de encargarte de la comida?. Eres una inútil.

Cerré mis ojos y escuché el primer golpe. Ella está embarazada de mi hermanita, no puede golpearla como siempre lo hace.

—Padre.

Mi Maldición.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora